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Islám-Occidente: más allá del diálogo emprendido por el Papa

Manuel Cruz

¿Qué puede vislumbrarse detrás del viaje del Papa a Egipto y su encuentro con el Imán del Al Azhar, Ahmed Al Tayeb? Responder a esta pregunta es lo que realmente importa para entender la importancia de esta visita, a todas luces histórica.

Desde que surgió el Daesh y se instaló en una parte de Irak y Siria para dar una cobertura “religiosa” al yihadismo -la “yihad” o guerra santa, solo la puede declarar un Estado para que sea legítima- no he dejado de preguntarme por la disyuntiva que se planteaba al mundo, tanto oriental como occidental, islámico o cristiano, ateo o simplemente nihilista. O se admitía como profético, y por lo tanto veraz, el “choque de civilizaciones” sugerido por Huntington, o se sucumbía ante la ofensiva global de una religión, interpretada en su máximo rigor, como hacen los seguidores salafistas y wahabitas inspirados en el pensamiento del influyente filósofo musulmán del siglo XII, Ibn Taymiía.

El Papa Francisco ha optado por una tercera vía, la más larga y penosa: el diálogo. Francisco se conoce el Islám a fondo gracias a sus muchos asesores expertos en la materia, entre ellos el jesuita egeipcio Samir Jalil Samir, además de todos los patriarcas orientales. Lo ha demostrado en los relevantes discursos pronunciados en El Cairo (sin necesitar ninguna azora del Corán), especialmente en el seno de la Conferencia interreligiosa convocada en Al Azhar por Ahmed Al Tayeb.

Lo que el Papa ha dicho en sustancia es lo mismo que viene diciendo desde hace tiempo, cada vez que se comete un atentado terrorista con la marca del Daesh o de Al Qaida y sus ramificaciones africanas, europeas y asiáticas: No se puede matar en nombre de Dios. Por supuesto dijo algo más que si no levantó ningún sarpullido en su audiencia islámica ha sido porque Al Azhar parece haber entendido esa obviedad desde hace un poco de tiempo. Afirmó el Papa, con la tierna envoltura de su voz y la fuerza de su palabra, que “todos” tenemos el deber de enseñar a las nuevas generaciones que Dios, no tiene necesidad alguna de ser defendido por los hombres -es justo el pretexto de los yihadistas y de muchos musulmanes que no lo son- sino que es El quien los protege que quiere que sean felices. En este párrafo -y en otros que siguieron- el Papa estaba señalando el centro de la diana de la causa del radicalismo islámico: la educación.

¿Qué es lo que todavía se enseña a los niños y adolescentes musulmanes en sus “madrasas”? No puede olvidarse que la enseñanza dela Ley Islámica, ell Coran y los “hádices” del Profeta Mahoma en los países islámicos. es la prioridad de las prioridades, porque es inseparable del propio Estado, necesariamente confesional. Pero cada profesor, cada imán, cada autoridad por pequeña que sea, lo enseña según su propio criterio y cualquiera que se haya inspirado en las enseñanzas de Ibn Taymíia, o de Sayd Qobt, por citar solo dos ejemplos del pasado y del más moderno de los pensadores realmente influyentes, puede seducir a sus oyentes con la mera evocación de que el Islám está en peligro por el acoso del relativismo nihilista occidental.

La gran preocupación de los musulmanes, hoy mismo como en el reciente ayer de la época colonial, es verse contaminados por el laicismo agresivo de Occidente, acusado -justamente- de laxismo ante la obligación de ser coherentes con los mandatos divinos. Pero, claro, el cristiano no se ve reflejado en ese “vacío” de Dios y predica el amor sin condiciones, el perdón gratuito, la misericordia, el respeto absoluto a la vida, la fraternidad… Y ese lenguaje, que ha sido el utilizado por el Papa en Al Azhar, sí lo entienden perfectamente los musulmanes. Lo que no entienden, porque consideran que religión y Estado son una misma cosa, es que esos valores hayan sido abandonados por los países occidentales, sonde se infiltran, desde hace tiempo, los contravalores de la indiferencia ante los mandatos del Decálogo.

Esta es la gran paradoja que la gente sencilla del mundo musulmán no entiende. Y, en consecuencia, considera una burla a Dios que las costumbres sociales -por no decir las leyes- hayan dado paso a ideologías que desvirtúan las virtudes o, simplemente, los deberes cristianos. Y “razonan”: Dios está en peligro… Como es natural, eso lo sabe muy bien el Papa, mejor que nadie. Y cuando se dirigía a loa docta audiencia islámica que le escuchaba con verdadera atención, no dejaba de señalar, al mismo, tiempo a quienes se dedican a la venta de armas y promueven guerras. Así decía: “Tenemos el deber de afirmar juntos que la historia no perdona a los que proclaman la justicia y, en cambio, practican la injusticia, no perdona a los que hablan de igualdad y desechan a los diferentes…”

Cierto que los musulmanes no son precisamente un modelo de igualdad en la medida que desconocen lo que significa la auténtica libertad humana y, por tanto, la libertad religiosa. Todavía se condena a penas que pueden llegar hasta la muerte a los apóstatas: nadie puede renegar de su identidad musulmana. Pero, al menos, si algún día se reforma a fondo la educación islámica, se podrá admitir que todos los ciudadanos son iguales ante la ley, sin contar sus diferencias ideológicas o religiosas.

Por algo se ha empezado ya: en la “cumbre” de personalidades islámicas celebrada el pasado enero en Marraquech, se admitió por primera vez la necesidad de defender los derechos de las minorías no musulmanas en los países de mayoría islámica. Y en la Declaración final de esta conferencia que ha pasado bastante inadvertida en nuestro país, se aludía a la casi olvidada “Carta de Medina” en la cual el Profeta Mahoma en persona garantizaba la libertad religiosa para todos, independientemente de su fe. Y se añadía algo fundamental: que no es concebible utilizar la religión para atacar los derechos de las minorías religiosas en los países musulmanes…

Si, como afirma el Papa, la religión no es el problema, sino parte esencial de la solución. Lo que falta por ver, por lo menos, es que en la educación islámica se admita el concepto de “alteridadad” como un derecho humano. Lástima que semanas después de esta Declaración, cuando ya estaba anunciado el viaje del Papa a El Cairo, los extremistas atacaron las catedrales de Tanta y Alejandría. Puede que se tarden décadas, siglos de diálogo, antes de que el Islám se reforme y enseñe la fraternidad sin discriminaciones religiosas. Para entonces, me permito un augurio.

Si ese día llega, no hará falta violencia alguna para que el mundo occidental empiece a recuperar su identidad perdida: la de sus raíces cristianas y judías. Porque, de lo contrario, habrá un brutal y definitiva “choque de civilizaciones”. Seamos serios: No se puede exigir a los musulmanes que revisen sus falsos postulados islámicos que justifican todos los crímenes del yihadismo y que, al mismo tiempo, aquí nos dediquemos a propagar todos los vicios que parten de la soberbia y la avaricia, desde la corrupción a la pornografía, desde los abusos de menores a la violencia de género, desde el aborto y la eutanasia al robo y la mentira, desde la pornografía a la ideología de género, desde la venta de armas a la destrucción del clima...And so on…No miremos la paja en ojo ajeno sin quitarnos la viga que nos ciega. El Papa hace lo que debe. Corresponde a la sociedad darse cuenta de su enemigo no es el Islám sino su corrupción moral.