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La corrupción, ¿motor de la democracia?

Manuel Cruz

A ver ¿qué ministro, qué presidente de Comunidad, qué alcalde o qué mindundi se atreve a firmar una adjudicación de obra, un contrato con una empresa privada o con el vecino del quinto?

Ahí tenemos ahora a Cristina Cifuentes, la abanderada del PP en la lucha contra la corrupción, en los papeles de un informe de la Guardia Civil que la acusan -¿insinúan?) de allegar fondos a su partido mediante algún favorcito a todo un empresario de campanillas. ¿Dimisión a la vista? Les diré una cosa ¡qué más da! La leche se ha derramado ya en el suelo y el cuento de la lechera de acabó. Pero ¿y si Cristina es inocente? ¡Qué más da! Ya la han cazado en los papeles y en los medios, que no han tardado en meterla entre los barrotes del telediario y las tertulias teñidas de rojo, que te quiero rojo.

Los que más pena dan son esos pensionistas que veían pasar la tormenta de la Púnica y del Lezo en el cómodo sillón del salón presidido por la tele. “¡Peor sería que Podemos y PSOE nos gobernaran!”. Sí, eso es cierto, pero a eso vamos si no se tira de la manta de una vez. Todos colorados ¡vale ya! ¿Y después? Ya no hay regeneración posible: lo que viene, lo que debe venir, es una refundación a la francesa. ¡Qué venga un Macron, que venga gente nueva con agallas para no mentir, que se esfume la derecha hipócrita y la izquierda revanchista, la que quiere dormir con las cenizas de Franco, la que quiere borrar la memoria de la historia, la que vive en la posverdad! ¡Y perdonemos todo los pecados, pecadillos y mamandurrias de los gañanes de la política!

Ya sabemos hasta la náusea que los partidos se han financiado con los dineros de los que manejan el poder desde la sombra de sus negocios. Pero, al menos, reconozcamos que así se ha podido gobernar, aprobar los presupuestos, mantener la caja de las pensiones y de la sanidad, y de las escuelas públicas y hasta el PER, los Eres, los cursos de formación, los sindicatos… Y, sobre todo, la alegre ficción de vivir dentro del mejor de los peores sistemas políticos, la democracia, todo por el pueblo, con el pueblo y para el pueblo, con elegidos del pueblo…

Sería bueno preguntarse quién tiene la culpa de la corrupción que ahora nos escandaliza tanto. ¿Es que no ha habido siempre corruptos? ¿Es que el comunismo que hoy nos quiere traer Pablo Iglesias no ha sido la madre de todas las corrupciones posibles: política, moral, económica, científica…? ¿Es que el liberalismo no ha dividido la sociedad entre ricos y pobres? ¿Es que la “beatífica” socialdemocracia no ha frito de impuestos a las emergentes clases medias y nos ha hecho “modernos” con la idolatría del gasto público (¿se ha investigado a los empresarios que se beneficiaron de tantas adjudicaciones en las épocas de Felipe y Zapatero?), de las subvenciones y del adoctrinamiento en la ideología del “todo está permitido”, porque hemos conseguido “matar” a Dios y convertir las leyes en la única referencia moral?

Y, sin embargo, España ha funcionado e incluso funciona: tenemos agua corriente, luz, transportes modernísimos, carreteras estupendas, lujosos Aves, vacaciones pagadas, dos “extras” al año, pensiones, mares de plástico que nos dan garbanzos todos los días del año y ni siquiera hay que pagar a los médicos, las medicinas, los colegios, las universidades… Me pregunto ingenuamente: ¿Todo eso lo debemos a la democracia… o más bien a la corrupción? Puede que a las dos. Y casi estoy por afirmar que esa maldita corrupción que ahora señala con el dedo a la campeona de la anticorrupción, ha sido el motor de la economía, incluida la sumergida, de la que no se habla.

Pero seamos honestos. A todos nos hubiera gustado que la democracia hubiese sido sinónimo de honestidad, de servicio público desinteresado, de convivencia sin rencores del pasado. Por desgracia, no ha sido posible porque el sistema nació con las arcas casi vacías… y se empeñó en mantener la gratuidad de la seguridad social implantada por el dictador. Solo que ahora resulta mucho más cara. Ahí tienen a Podemos, pidiendo que los peones agrícolas cobren el PER sin necesidad de trabajar. Y al PSOE, exigiendo más impuestos para suprimir la educación concertada y arruinar la sanidad privada para que todo sea público. Y al PNV, cambiando votos por quedarse con el dinero del cupo. Y los diecisiete parlamentos y comunidades autónomas, con sus duplicidades de servicios. Y la Generalitat catalana con su desafío el Estado. Y los ni-ni improductivos, y los okupas subvencionados.

Podíamos seguir hasta e infinito, pero me quedo con Antonio Banderas que, después de abandonar un proyecto cultural en Málaga, no ha resistido la tentación de decir que “toparse con lo público da miedo”. Y lo “público” en este caso, es la negativa de Podemos a ayudar a quien no es de su cuerda. ¿Corrupción me dice? Bueno, traiga una de pescaíto frito y que lo pague el contribuyente…

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