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Cataluña como signo de los tiempos

Manuel Cruz

Al hilo del Evangelio de San Lucas, correspondiente a la Misa del viernes 27 de octubre, me preguntaba cómo podríamos interpretar la locura separatista del ya extinto gobierno catalán como un signo de los tiempos. Ese día no soplaba viento del sur que anunciara bochorno ni aparecían nubarrones en el limpio cielo azul de la hermosa Cataluña; la tormenta estaba dentro de las mentes obnubiladas de unos cuantos traidores a la patria y, claro, casi todos los pronósticos fallaron: no se puede leer con precisión lo que piensan o pueden hacer los paranoicos de la política.

Mi interrogante, en too caso, iba más allá de las turbulencias mentales de los puigdemonts y jonqueras que llegaron a considerarse triunfadores del desafío a las leyes del sentido común. ¿Qué nos quería decir lo que estaba ocurriendo en la Generalitat, en el Parlament, en el Senado y en las deliberaciones del Consejo de Ministros? ¿Era la obsesión separatista, con sus manifestaciones de júbilo o desencanto un signo de los tiempos? ¿Qué mensaje nos estaban enviando a unos y otros, separados por la línea roja del famoso paralelo155?

No tardaremos en averiguarlo, aunque ya podría adelantarse, como fin del primer acto de la tragicomedia, que Madrid no paga traidores, en contra de lo que pretendía Puigdemont: vender la soberanía a cambio de la impunidad personal… ¡Qué bochorno!

Pero creo que hay mucho más. En primer lugar, para interpretar el mensaje es necesario disponer de una perspectiva histórica ¿Cuándo empezó la sedición de la Generalitat? ¿Hay que remontarse al siglo XVIII, a la guerra de sucesión que incendió a parte de Europa? Sería demasiado abarcar: baste con saber que existe un deseo revanchista de las elites catalanas que vieron frustrados sus sueños carlistas. Pero es obvio que el intento de golpe al Estado de Derecho, tiene unos antecedentes más recientes: la caída del franquismo que, al parecer no enriqueció lo suficiente a los ambiciosos de la “pela”, la vuelta del exilio de Tarradellas que pareció asumir el Estado de las Autonomías y la llegada de Jordi Pujol que supo despertar la ambición de la burguesía con los favores concedidos como contrapartida al 3 por ciento.

Es decir, la corrupción generalizada y aceptada como una especie de contribución a los sueños nacionalistas que, a su vez, fueron subestimados por un “Madrid” ocupadísimo con sus luchas ideológicas, la “democratización” de las instituciones, incluidas las solventes cajas de ahorro y el descubrimiento de los beneficios de una corrupción envolvente que pasó de los ayuntamientos a los estados mayores de los partidos... y de las empresas.

La historia de esta España de nuestro tiempo es la historia de una corrupción continuada de la que supo aprovecharse el separatismo catalán, tan ocupado en acumular competencias. ¡Ah, la educación! ¡Como han sabido todos los “jordis” de entonces y de ahora, aprovecharse de las debilidades “madrileñas” para cambiar hasta la historia de España y sembrar el odio a los españoles!

¿Y qué nos dice todo esto? Este mismo viernes dantesco de la independencia fallida, la Secretaría de Estado del Vaticano para las Relaciones con los Estados, presentaba en Roma un foro de reflexión sobre el futuro de Europa que reúne a destacados políticos de la Unión. En ese acto, el arzobispo Richard Gallagher rechazaba sin ambages los nacionalismos “insanos” y los populismos, al tiempo que defendía una Unión Europea sin divisiones. Pues bien, creo que esta es una clara interpretación del signo que nos ha llegado de Cataluña.

Hay que recuperar el amor a la Patria común –eso sería un nacionalismo sano- como un bien moral en la medida que une a los ciudadanos por encima de sus creencias. En gran medida, el separatismo paranoico de los puigdemonts y jordis, ha venido a despertar, en buena parte del pueblo español, el respeto a la bandera y el reconocimiento de la ley como línea roja de la convivencia. Pero este incipiente rearme moral y cívico no podrá consolidarse mientras no se acabe de una vez por todas con la corrupción, principal causante de la degradación de la vida política y social.

Esa es la principal señal que nos deja para la historia venidera el “caso” catalán.

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