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Algo más sobre los niños y las niñas

Manuel Cruz

Una pregunta inocentona: ¿Por qué desde algunos ámbitos de la sociedad y, por ende, de los medios de comunicación, se denigra como “ultracatólicos” a los promotores del ya famoso autobús “antitransexual” y que ayer se manifestaron a favor de la libertad de expresión? Antes de responder, otra preguntita: ¿Qué relación tienen los “autobuseros” con la religión católica o, simplemente, con la Iglesia, para identificarlos también como “ultraderecistas”?

Si queremos analizar la situación con toda frialdad, habría que admitir que entre las dos preguntas hay una aparente contradicción. Los católicos no somos de ningún partido aunque vitamos a quien nos da la gana. La propia Iglesia se opuso desde la transición a la existencia de partidos confesionales “católicos”, ni siquiera a las democracias cristiana europeas. Pero…

Desde hace tiempo, a la organización que ha sacado a la calle el autobús de marras, se la pretende relacionar con un misterioso ente de inspiración mexicana, conocido por “El Yunque”. Nadie la ha visto y no figura más que en algunas páginas “web” pero, supuestamente, tiene por objetivo defender la religión católica “y luchar contra las fuerzas de Satanás”. ¡Las cosas se descubren en Internet!

Sea verdad o mentira, el caso es que ninguna entidad religiosa española ha dado carta de naturaleza a esta asociación civil que, por cierto, se distinguió en los años del zapaterismo por su abierta oposición al aborto libre y otras políticas socialistas que han abierto el melón del laicismo republicano de los años treinta. Por supuesto, los amigos de esta asociación que se llama “Hazteoir”, pueden ser y hacer lo que estimen oportuno dentro de la ley, pero de ahí a vincularla con la Iglesia católica hay todo un abismo, por mucho que coincida en algunos de sus postulados

Estos días, el franciscano arzobispo de Tánger, Santiago Agrelo, escribía en las redes sociales que “Jesús no se habría subido a ese autobús”, porque Jesús no discrimina a nadie. Pero se le olvidó añadir que Jesús tampoco se mordía la lengua al acusar a fariseos y escribas de desvirtuar la Ley. Tampoco hizo mención alguna a las cartas apostólicas de San Pablo donde no dejaba títere sin cabeza al hablar de los pecadores, especialmente a los fornicadores.

La pregunta adecuada, en este caso que ha desatado las iras del laicismo beligerante, es hasta qué punto el autobús ha alcanzado su objetivo de provocar en la sociedad algún tipo de reflexión sobre la deriva de la mentalidad laicista en nuestro país. En su ya lejano pero actualísimo documento de la Conferencia Episcopal (noviembre de 2006) en el que daban algunas orientaciones morales ante la situación española, nuestros obispos ya afirmaban que se iba configurando una sociedad enfrentada con los valores tradicionales de nuestra cultura. Entre esos valores están la familia y el matrimonio, a los que ese laicismo despoja de sus fundamentos morales, situando a los cristianos en un mundo extraño y hostil.

Más recientemente, el cardenal Sebastián, ese gran “despertador de la conciencia” de los españoles, denunciaba el resurgimiento de un laicismo agresivo y militante al que le interesa mucho demostrar que la Iglesia y los eclesiásticos se sitúan en “la extrema derecha” y que para sus seguidores, todo lo que no sea socialismo y liberalismo laicista está situado en ese extremo político.

Ahora, con el caso del autobús, no se ha llegado a tanto; sus críticos se han contentado con lanzar el apelativo de “ultracatólicos” (léase “ultraderechistas”) contra sus promotores. Pero no engañan a nadie. Lo que se pretende, en el fondo y en la forma, es expulsar de la sociedad a cuantos se postulan como católicos. Y más claro aún: es a Dios a quien se quiere expulsar de la vida civil. Nada nuevo bajo el sol. Pero dejemos las cosas claras: la iniciativa del autobús naranja es una iniciativa privada, de un organismo privado que goza de la libertad de expresión como el resto de la sociedad. Pero, desde luego, y sin querer ofender a nadie, los niños son los niños y las niñas son las niñas… que nada tienen que ver con todo este jaleo de fondo multicolor.

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