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EN 'LA LINTERNA'

Bustos: “Sofía ya ha aprendido a ver a Leonor como futura Reina de España”

Jorge Bustos vuelve a 'La Linterna' con el 'Bueno, el feo y el malo' de la semana: la Infanta Sofía, Toni Comín y Juan Carlos Monedero

Jorge Bustos en los estudios de COPE
  • COPE.es

Nunca se te ocurra fijar los límites del esperpento, que es un género inventado en España por un gallego, pero que está siendo llevado por un catalán a extremos que creíamos impensables. Esta ha sido la semana del gatillazo en la investidura de Puigdemont, de la obscena revelación de su derrotismo privado a través de mensajes incompatibles con su teatrillo público, y finalmente de su operación inmobiliaria para mudarse a Waterloo, operación que finalmente parece haberse frustrado no porque Puigdemont haya dejado de creerse Napoleón, sino porque está convencido de que Napoleón no le llega ni a la suela de los zapatos. Pero antes de entrar en materia procesística, vayamos con la hermosa ceremonia real que tanto disgustó a Pablo Iglesias, y que fue la entrega del toisón de oro a la princesa Leonor.
 

La buena: la Infanta Leonor

Todos los parabienes han ido para la Princesa de Asturias, y me parece bien, porque es una niña luminosa y tan bien educada como su padre. Pero yo, durante la ceremonia, me fijaba en la infanta Sofía, en su sonrisa de complicidad mientras su hermana recibía el agasajo absoluto de las autoridades y ella quedaba en un segundo plano. A mí me parece que a esa edad todo niño de la especie humana que ve que a su hermano le entregan un regalo tan vistoso como un toisón de oro, por muy bien educado que esté se le habrá de escapar una mirada fugaz de celos contenidos, pero en Sofía no vi nada de eso. Su sonrisa era constante, franca, alegre. Estaba disfrutando de que fuera su hermana la protagonista. Eso es algo más que formalidad y buenas maneras. Eso es una señal precoz pero ya arraigada de sentido institucional: Sofía ya ha aprendido a ver a Leonor como la futura Reina de España. En un tiempo dominado por la chabacanería igualitaria y la extinción del usted, que una niña de diez años acepte con tanta serenidad la prevalencia de su hermana en la sucesión monárquica ofrece un ejemplo tan anacrónico como edificante, que sirve además para contrastar tontos, haters y asaltadores fantasiosos del Palacio de Invierno con mugre bolchevique en el cerebro.
 

El feo: Toni Comín

El confidente de Puchi, el prófugo que se abanicaba con un iPhone de comprometedora pantalla. En la lengua de Cervantes el indiscreto equivale al idiota, pero lo cierto es que la exclusiva que ha partido al independentismo en dos fue debida tanto al demérito del torpe Comín como al mérito de los dos periodistas de El programa de Ana Rosa que tuvieron un solo segundo para grabar el plano de la vergüenza, aquel que enseñaba todos los mensajes testamentarios del loco de Bruselas puestos uno encima de otro. Todos cargan contra Comín, pero a nosotros nos importa un comín que fuera Comín o cualquier preso común de la cárcel de Estremera el receptor de las confidencias de Puigdemont, porque lo fundamental es que se conozca de una vez el infame doble juego y el infinito cinismo de unos líderes golpistas acojonados ante la perspectiva de tener que confesar su monumental estafa a sus votantes.
 

El malo: Juan Carlos Monedero

El pícaro asesor y famoso defraudador que competía en caché con cualquier lobo de Wall Street, aunque en su caso pagado por el narcorrégimen venezolano. Monedero solo es un hombre coherente con su apellido, un comunista fascinado por el capitalismo que desea acumular el mayor número posible de fuentes de financiación, aunque luego predica la expropiación para todos los demás. Pero Tribunal Superior de Justicia de Madrid acaba de poner coto a su codicia tumbando la compatibilidad entre trabajos y prohibiéndole ser profesor universitario –es decir, funcionario público pagado por todos nosotros- al mismo tiempo que realiza actividades privadas de consultoría política y producción audiovisual. Es lo que tiene el comunismo: que te permite condenar la propiedad privada, pero solo la de los demás, nunca la tuya propia cuando te quedas el dinero de tus víctimas.

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