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LINTERNA CONFIDENCIAL

Y aquí seguimos, a la espera?

Por Fernando Jáuregui.

Discutimos Marhuenda, Mikel Buesa y yo, en La Linterna sobre los cambios de Rajoy. A Mikel le parece que a Rajoy le falta hacer política, y coincidimos. Paco Marhuenda dice que Rajoy, a quien defiende, hace ‘su’ política. A mí me parece que Rajoy tiene que ponerse las pilas. Quizá, lo reconozco, menos interesante, pero sí mucho más importante me parece hablar de las ochenta y dos –más o menos—condiciones impuestas por Ciudadanos a la futura presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, que del relevo de caras en Génova y en el Gobierno. Que tampoco ha sido para tanto, la verdad.Tiene que convencernos Rajoy de que él, a su vez, se ha persuadido de la importancia de introducir reformas en el mecanismo de la democracia española y en la manera de gobernarnos; dar la espalda a esta constatación es la razón por la que el Partido Popular ha perdido tantos votos y por la que la formación de Albert Rivera, tratando de liderar este espíritu reformista, los ha ganado. Ciudadanos es un partido casi unipersonal, pero que sabe sonreír y ofrece la sensación de tener las cosas muy claras respecto a la regeneración democrática y da también la impresión, no sé si muy exacta, de que puede aportar soluciones, o al menos alternativas, al principal problema político que tiene el país, el insensato desafío planteado en Cataluña por el president de la Generalitat.Siento mucho decirlo, porque tengo un gran respeto por Rajoy, pero parece que, de todo esto, solamente ha entendido lo de la sonrisa. Y no en su propio rostro, sino en el de personas interpuestas, con tan buen talante como Pablo Casado, Andrea Levy o Javier Maroto. O Alfonso Alonso. O la propia Cifuentes, cuyo ‘ascenso’ en las filas del PP pronostico. O la mismísima Soraya Sáenz de Santamaría, cuestionada, no sé muy bien por qué baremos, por un grupo de ministros, que la acusan de ejercer mal –¿demasiado personalmente?-- la coordinación del Ejecutivo y la portavocía. No estoy ya tan seguro de que lo de la sonrisa abierta se pueda aplicar en el mismo grado a María Dolores de Cospedal, que sigue en la silla, aunque con poderes recortados, o a su enemigo Javier Arenas, un veterano curtido en mil batallas a quien, pese a todo y a muchos, también mantiene Rajoy como vicesecretario general de ‘su’ partido.Pero claro está que lo de las sonrisas, o el propósito de aparecer menos por plasma y estrechar más manos –algo para lo que el presidente tendrá que hacer algún tipo de cursillo de capacitación--, es solamente cosmética, palabra que ha hecho fortuna merced a los dislates de una parte de la sociedad civil, esa parte loca de la ciudadanía que, desde un lado u otro, llámense colectivos de perfumeros o concejales madrileños tuiteros, siempre acaba metiendo alguna pata. Enfádese conmigo si quiere la Asociación de Perfumería, a la que tanto ha molestado la devaluación oficial de la palabra ‘cosmética’, pero lo que ha hecho Rajoy hasta el momento, insisto, ha sido eso: cosmética. Gente guapa, simpática y lista para intervenir en las tertulias. Ahora tendrá que enfrentarse a los ochenta y dos puntos, rellenando con ideas nuevas los espacios dejados a las caras nuevas.Digo yo que Rajoy ganaría bastantes puntos si, dentro de su esquema mínimo de rectificaciones, asumiese abiertamente algunas de las exigencias que se le plantean por parte de los ciudadanos, con minúscula y con mayúscula, y conste que no atribuyo al partido de Albert Rivera muchos más méritos que haber incorporado algunas voces de la calle a sus programas: listas desbloqueadas –ellos dicen abiertas, pero no; quieren decir desbloqueadas--, limitación de mandatos, primarias obligatorias para todos los partidos…Y más: reformas en la normativa electoral, plantearse reformas constitucionales, un mayor rigor en una lucha contra la corrupción que hay que reconocer que el PP ya ha iniciado. Así, hasta ochenta y dos. O hasta ciento ochenta y dos, no importa: la democracia siempre es perfectible.El problema mayor de Rajoy no ha sido (solo) la falta de sonrisa y esa mala comunicación que, en el fondo, siempre se acaba atribuyendo en el cenáculo monclovita a los periodistas díscolos o malaúva que todo quieren subvertirlo. O al Floriano de turno, persona je simpático a quien me parece profundamente falaz culpar de la pérdida de prestigio de un partido mal dirigido desde la cúpula. Creo que el mayor defecto de los rajoyanos  ha sido, y temo que siga siendo, la autocomplacencia: cree que todo va tan bien que para qué cambiar, y no entiende a esos fanáticos de los cambios, que anidan ya en los mismísimos prados de los simpatizantes, militantes y hasta dirigentes, del Partido Popular. Que incluso medios que ayer le eran afectos hayan comenzado a criticarle abiertamente debería preocupar al presidente casi tanto como ese ochenta y cuatro por ciento de encuestados que, mes tras mes, dicen que no confían en él; un porcentaje que sé que es injusto, porque, en el fondo, hay cosas que Rajoy no ha hecho tan mal. Pero es el porcentaje que es, y las cosas no son como creemos que son, sino como la gente las percibe. Y a Rajoy se le percibe como un personaje aburrido, inmovilista, lejano, tan incapaz de querer a alguien como de hacerle una faena a conciencia, lleno de sentido común en un momento en el que ese es el menos común de los sentidos, un mero aspirante a estadista cuando se precisan estadistas consumados. Algún día, a Rajoy le haremos justicia; hoy, la veleta de la opinión pública se le vuelve en contra.Ya se ha dicho algunas veces que es responsabilidad de Rajoy, que al fin y al cabo sigue teniendo mayoría absoluta en una Legislatura que empieza a disiparse, gestionar el cambio imparable. A todos nos conviene su éxito en esta misión apaciguadora, cuando se disparan las voces de algunos insensatos que jamás deberían haber llegado a los arrabales del poder, siquiera sea a una concejalía. Pero Rajoy, cuando habla de cambios y pactos, lo hace como si fuese algo inevitable, contra natura, arrastrando los pies como cuando nos llevaban al colegio tras las vacaciones. Y así, señor Rajoy, va a tener usted muy difícil ganar las próximas elecciones. Y conste que lo digo con un poco de susto, quizá también con un mínimo de esperanza, quién sabe, en el cuerpo.Y aquí seguimos: esperando a ver cuándo nos anuncia el presidente su ‘nuevo’ (¿?) Gobierno. Menos mal que hoy no hay ‘confi’ por aquello del baloncesto, porque ya casi ni sabríamos qué decir.

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