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Línea Editorial 25/02/2016

El Papa habla de la corrupción

La palabra corrupción ocupa un lugar central en la agenda pública española, en las informaciones de los medios y en las conversaciones de los ciudadanos. El final de la corrupción, una enfermedad moral que no distingue ideologías, se ha convertido en la aspiración de una sociedad que desea una nueva forma de ejercer la política, una nueva manera de gestionar los recursos públicos con trasparencia y de dar satisfacción a las necesidades reales de los ciudadanos. Ayer durante la Audiencia General, el Papa Francisco ha insistido en que todo poder tiene una dimensión de servicio. Si la práctica del poder delegado es vivida como privilegio, egoísmo y prepotencia, ha señalado Francisco, se transforma en instrumento de corrupción y de muerte. Ésta es la historia tantas veces repetidas en los últimos meses en España: la historia de los políticos corruptos que siempre quieren más y que nunca están satisfechos. Si los políticos no piensan en clave de servicio, el poder se convierte en arrogancia y  codicia, y el noble arte de la política se corrompe y pervierte a quienes lo ejercen, al cambiar la preocupación por el interés general por el interés de lo suyo y de los suyos.   Como ha dicho Francisco, también los corruptos pueden arrepentirse y cambiar de vida, pero el mal cometido tiene inevitables consecuencias. El mal realizado deja sus huellas dolorosas, y la historia de los hombres lleva sus heridas. Es algo que también sucede entre nosotros.  

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