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El Papa en la conmemoración de la Reforma

La decisión del Papa Francisco de viajar a Suecia a finales de octubre de este año para participar en una ceremonia conmemorativa del quinto centenario de la reforma protestante ha podido causar sorpresa, algunos incluso han reaccionado con desconcierto. Sin embargo este gesto de indudable relevancia histórica no debería desconcertarnos. Francisco continúa de este modo el camino de diálogo ecuménico emprendido por sus predecesores. No se trata de celebrar la ruptura y el drama de la división que todavía arrastramos. No se trata tampoco de santificar a Lutero ni de avalar todo lo que predica y hace el luteranismo contemporáneo. El diálogo teológico sigue adelante y ofrece buenos frutos, pero queda mucho por clarificar. Ahora se trata de continuar restañando las heridas que sea posible curar, y dar al mundo el testimonio creíble de que es mucho más importante lo que nos une, por mucho que sea abundante lo que nos separa. San Juan Pablo II aprobó la Declaración Común sobre la Doctrina de la Justificación; Benedicto XVI rezó de rodillas ante la tumba de Lutero y dijo sin tapujos que en nuestro tiempo el primer servicio ecuménico debe ser testimoniar juntos la presencia del Dios vivo y así dar al mundo la respuesta que necesita. Es en esta clave y no en otra en la que debemos interpretar el anuncio que hace ahora el Papa Francisco.

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