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Línea Editorial 28/01/2016

El drama migratorio no cesa

La presión migratoria aumenta por el sur de Europa al mismo tiempo que el Norte del continente presiona para frenarla. Es como si Europa quisiera desviar la riada a base de sacos de arena que se ven continuamente desbordados. Es precisamente el Norte rico, el que durante decenios se ha mostrado más incluyente e integrador, el que hoy se niega a la acogida. Suecia y Dinamarca, paradigmas del Estado del Bienestar y de las políticas sociales; Holanda, el reino de las libertades individuales,  se niegan a recibir refugiados. Los daneses, además, han resuelto legislativamente que aquellos que entren en sus fronteras deberán pagarse la manutención con los pocos bienes que hayan conseguido sacar de la guerra de la que escapan. Todo es un despropósito y una vergüenza. Con políticas de este corte no es de extrañar que en la ciudadanía europea crezca el fantasma de la xenofobia y la convicción de que los refugiados y los emigrantes vienen a robarnos lo que es nuestro. El desgobierno de nuestros ejecutivos europeos y la ausencia de una política migratoria común crea sensación de anarquía. Ni la ingenuidad ni tampoco el miedo son buenos consejeros. Hacen falta grandes dosis de realismo para aceptar que el Sur es una bomba de relojería compuesta de pobreza, inseguridad, violencia, corrupción y miedo. Sus ciudadanos emigran porque anhelan vivir. El éxodo es imparable. Y si en Europa no somos capaces de actuar por razones de justicia, hagámoslo, al menos, por razones de necesidad.

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