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Y Dios estaba en Aushwitz

El campo de concentración de Auschwitz-Birkenau es una de las representaciones contemporáneas más fidedignas del terror, la barbarie y el mal. Y allí, en silencio, ha estado hoy el Papa Francisco, tal como también lo hicieron sus predecesores Benedicto XVI y San Juan Pablo II. Auschwitz no es solo un recuerdo. Es un memorial. En Auschwitz-Birkenau y en otros tantos campos nazis de concentración murieron asesinadas millones de víctimas inocentes de manera programada y altamente eficiente. El nacional-socialismo puso la ciencia y la técnica al servicio del exterminio humano. Y sin embargo, en esos mismos campos en los que el mal campó a sus anchas, vivieron hombres y mujeres, la mayoría de ellos anónimos, que vencieron al mal con el bien. El Papa les ha rendido hoy un merecido homenaje al encontrarse con supervivientes del Holocausto, y con otros tantos que durante la ocupación nazi arriesgaron su vida por salvar la de los judíos. Una vez más, la Iglesia ha caminado junto a las víctimas inocentes, porque este es precisamente el lugar preferido de Dios. San Maximiliano Kolbe, con su vida y con su muerte, muestra que Dios también estaba en Auschwitz, como está en todos los infiernos en los que el hombre es injustamente masacrado.

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