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REBECA KHAMLICHI (Crónica)

"Las hijas de Antonio López", el dolor de una niña convertido en belleza

Carmen Sigüenza.

  • Agencia EFE

Carmen Sigüenza.

Aunque Rebeca Khamlichi llevaba la pintura en la sangre -sus padres eran artistas-, solo dibujaba cuando se quería desahogar, pero al cumplir los 30 el pasado se le atragantó y encontró en el arte la mejor terapia. De ahí el libro ilustrado "Las hijas de Antonio López", un grito de dolor lleno de belleza.

Y es que "Las hijas de Antonio López" (editorial Bridge) -que se ha convertido en un éxito y ya va por su segunda edición- es un brutal testimonio desgarrador sobre su infancia y la de su hermana, con un padre retratista y alcohólico que cada vez que la policía le pedía que se identificara gritaba: "¡Yo soy Antonio López!, ¡Yo soy Antonio López!".

Un nombre que a Rebeca Khamlichi (Madrid, 1987) le sonaba a chino, porque no supo quién era Antonio López, el pintor hiperrealista, hasta los 17 años, cuando vio una exposición, explica ella misma a Efe.

Así, Khamlichi hoy reconocida diseñadora gráfica en la web y autora de una amplia iconografía religiosa del siglo XVII, creció también con una madre artista que tuvo a sus hijas muy joven -con 24 años ya tenía a las dos- y que "encontró refugio para sus desgracias en la palabra de Dios en un sinfín de iglesias evangélicas, "a cada cual más sectaria y rocambolesca. Cualquier clavo estaba templado con tal de no dejar a mi padre", escribe la autora en el libro.

Una preciosa obra que recorre su vida hasta la adolescencia y desde su nacimiento en un hospital de beneficencia, dos años después de que sus padres se hubieran conocido en el parque del Retiro de Madrid. "Mi madre pintaba vírgenes de tiza en el suelo y mi padre vendía retratos al natural", escribe.

Un padre que había nacido en Marruecos y que acababa de llegar a Madrid para sacarse el doctorado en Bellas Artes en España con una beca y el deseo de beberse el mundo.

Entre dibujos, sin concesiones pero sin caer en el dramatismo, con líneas puras y trazos sencillos, y con el manejo de buen pincel con colores ocres, amarillos, azules o rosas, Khamlichi acompaña este testimonio biográfico duro, real y sin una gota de ficción.

Peleas y gritos, internamientos en centros de acogida, toxicómanos y borrachos por compañía, la calle, hambre y frío; traslados constantes, o la sombra y el cariño de unos abuelos recorren este testimonio, que es más bien un vómito.

"He querido mandar un mensaje de esperanza de alguna manera a todo aquel que se acerque al libro y que haya pasado o vivido algo parecido. Quiero decir que se puede salir y que esto es real", explica a Efe la autora, que también acaba de inaugurar una exposición en Madrid, en la galería La Causa, con las mujeres como protagonistas envueltas en su lenguaje pop.

Un mensaje de normalidad y trazos de humor negro que su autora quiere que se oiga, "porque a los niños nunca se les oye", dice.

"A los niños no se les ha escuchado jamás y ahora este año se les está empezando a considerar como víctimas de género, pero antes todo quedaba en un asunto doméstico, algo familiar, cuando son los niños las principales víctimas de la violencia de género", asegura la artista.

"Pero no hay voz o manera -advierte- de que los niños se puedan curar cuando les pasa algo así, y eso me preocupa; pero lo que sí tengo claro es que no se puede tapar o mirar para otro lado".

Una experiencia que Khamlichi decidió que tenía que contar a los 30, a pesar de que a su familia no le gustara mucho, solo a su hermana, que se lo ha agradecido, y porque la pintura se le quedaba corta y necesitaba "palabras, relatos" para que saliera, para vomitarlo, dice.

Contar esta experiencia la ha ayudado a "sanar" y reconciliarse con la vida y a darse cuenta, comenta, de que hay mucha gente con circunstancias parecidas o que ha pasado por algún infierno o con enfermedades mentales cerca.

"Héroes de infancia que no hablan porque les da vergüenza y que me hacen llegar cartas con cosas preciosas. Yo me he liberado y quiero compartir con la gente este mensaje", concluye.

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