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La violencia incipiente como síntoma

Este fin de semana, entre el arranque de la campaña electoral y las repetidas consignas de la “nueva política”, hemos sufrido el rebrote de una incipiente violencia política, a la que España hacía mucho tiempo que se había desacostumbrado. En Granada el viernes, unos bárbaros agredieron en la pegada de carteles a unos simpatizantes del partido animalista, PACMA; y en Madrid y en Barcelona, ha sido Ciudadanos quien ha sufrido en primera persona el vandalismo de un energúmeno que se ha liado a patadas con quienes pedían el voto en una mesa instalada en el barrio de Vallecas y de un grupo de independentistas de la CUP que han intentado reventar un acto electoral de Albert Rivera.Pueden parecer casos aislados, y afortunadamente hasta el momento no han sido muchos en cantidad, pero no se puede ignorar la gravedad del fenómeno, ni pasar por alto esta violencia que, con la disculpa de la confrontación electoral, es todo un síntoma de que algo no marcha bien.Por importante que sea, nos enfrentamos en las próximas fechas a algo mucho más decisivo que saber quién será el próximo presidente del Gobierno de España. Está en juego un modelo social, político y ciudadano de convivencia, en el que no se vea al otro como un enemigo al que hay que combatir, incluso físicamente, sino que, con un legítimo horizonte reformista y renovador, aprovechemos las bases de todo cuanto hasta ahora hemos sido capaces de construir juntos. Eso sí que sería verdadera nueva política, capaz de entender la gravedad del momento que afrontamos.

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