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Venezuela sin Chávez

En buena lógica la muerte de Hugo Chávez debería abrir horizontes para las libertades democráticas en Venezuela. Pero una parte importante de la sociedad, subvencionada por el régimen, ha demostrado preferir el despotismo a la libertad. Es cierto que los regímenes populistas necesitan líderes carismáticos que sustenten el mito de un futuro paradisíaco a base de derroche de los caudales públicos, aunque conduzcan al país a la ruina económica. Así ha ocurrido en Venezuela a pesar de sus inmensos recursos petroleros. Hugo Chávez ha sido uno de estos caudillos que había conseguido modelar la Constitución y el Estado a la medida de su ambición revolucionaria, acaparando todos los resortes del poder, apoyado por el Ejército y por otro de los grandes recursos típicos de las dictaduras: la invención de un enemigo exterior que no podía ser otro que el “imperialismo capitalista” simbolizado en los Estados Unidos. Este mito lo pretenden mantener vivo los herederos del chavismo cuyo líder más visible, el vicepresidente Nicolás Maduro, ha acusado a ese supuesto enemigo exterior de haber inoculado el cáncer del que ha muerto Chávez. De ahí que exista la posibilidad de un nuevo triunfo del chavismo en las obligadas elecciones presidenciales que deben convocarse. La oposición democrática necesita mostrar fortaleza y unidad en torno a un candidato de consenso. En todo caso las bolsas de pobreza, la inseguridad y la ruina de las clases medias, hacen previsible un período de tensiones que pueden dar paso a una radicalización de régimen. Venezuela está en la encrucijada.

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