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TOROS | Vuelta para Antonio Nazaré en Pamplona

El valor pudo a la mansedumbre

Los tres toreros que actuaron este domingo en Pamplona -Ferrera, Nazaré y López Simón- pusieron grandes dosis de valor y de técnica lidiadora para mostrarse muy por encima del encierro de Alcurrucén.
Antonio Nazaré durante su actuación este domingo en Pamplona. REUTERS
Antonio Nazaré durante su actuación este domingo en Pamplona. REUTERS

Pamplona, domingo 7 de julio. 3ª de Feria. Lleno. Toros de Alcurrucén, con mucho volumen y muy serias cabezas pero muy desiguales de hechuras. En cuanto a juego fue una corrida mansa y descastada sin excepción, parados y reservones los tres primeros y con movilidad y complicaciones los últimos. Antonio Ferrera, silencio en ambos. Antonio Nazaré, silencio y vuelta. López Simón, silencio en ambos.La compleja mansedumbre de los toros de Alcurrucén marcó en negativo el día de San Fermín en la Monumental de Pamplona. Pero si el festejo no cayó definitivamente en el abismo del tedio y el olvido se debió a la plena disposición de lucimiento de una terna que puso toda la entrega que le faltó a los astados.El primero que salió por chiqueros fue el toro que esta mañana perdonó a las docenas de corredores que se amontonaban contra el vallado de Telefónica. Se paró entonces el de Alcurrucén, sin querer embestir a todos aquellos a los que tuvo a su merced, y se paró también por la tarde, desfondado ante la muleta de Antonio Ferrera.Estuvo con él muy firme el extremeño, metiéndose entre la cuna de sus pitones para extraer con sacacorchos unas mínimas arrancadas. Igual que a éste, Ferrera también banderilleó al cuarto, sólo que haciendo aquí un despliegue de habilidad y conocimiento de la suerte, pero entre el silencio y el desinterés de unos tendidos sumidos en la merienda.En la muleta, ese cuarto de Alcurrucén se movió bastante más que el que abrió el lote, pero de una forma engañosa, pues empezó a desentenderse en cuanto se sintió sometido. El torero de Badajoz, que siempre resolvió con gran oficio y facilidad, tuvo que volver a meterse entre los buidos pitones para apurar lo poco que ya le ofreció el animal.Con un lote similar dio una gran dimensión en Pamplona el sevillano Antonio Nazaré. Y especialmente con el quinto, un astado altón, ensillado y de feas hechuras que también tuvo movilidad, pero sin ninguna entrega en las telas, siempre con la cabeza en las nubes.Nazaré repitió la fórmula que había aplicado con el desrazado segundo, y se dispuso a torearle sin probaturas, presentando la muleta con sinceridad, clavando los talones en la arena y sin permitirse una sola ventaja.Con esa firmeza de planta, movió el sevillano brazos y muñecas templadamente, apurando las reacias embestidas hasta el último centímetro en largas series de pases por ambas manos. Fue una labor de enorme capacidad y de larga duración, imponiendo sin una sola duda todo su mando a las desabridas embestidas.Metida en fiesta la plaza, con las peñas dominando el ambiente, no tuvo el valiente y macizo trasteo de Nazaré el eco merecido. Aun así su enorme mérito no debe pasar desapercibido en una temporada en la que el de Sevilla está haciendo sobrados méritos para dar el salto a la primera fila.Como valiente y dispuesto en todo momento estuvo también el madrileño López Simón, el torero menos rodado de la terna pero que nunca volvió la cara ante las dificultades de sus dos toros, el tercero tan parado como los dos anteriores y el sexto un violento manso al que se pasó por la faja sin pestañear, con verticalidad y quietud. Se impuso también López Simón, porque en esto del toreo el valor siempre pudo más que la mansedumbre.

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