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Encuentro del Papa con los religiosos en Kenia

Vale la pena lo que hacen ustedes

Ya ha finalizado el encuentro del Papa Francisco con los seminaristas y religiosos en Kenia, en el Campo de Deportes de la Saint Mary’s School. En su alocución, el Santo Padre ha subrayado la labor pastoral que ejercen en medio de esa sociedad.
Religiosos en el encuentro con Francisco
Religiosos en el encuentro con Francisco

Ya ha finalizado el encuentro del Papa Francisco con los seminaristas y religiosos en Kenia, en el Campo de Deportes de la Saint Mary’s School. En su alocución, el Santo Padre ha subrayado la labor pastoral que ejercen en medio de esa sociedad.

Queridos hermanos sacerdotes,
Hermanos y hermanas de vida consagrada, Queridos seminaristas:

Me alegra mucho estar con ustedes, ver la alegri?a en sus rostros y escuchar sus palabras y sus canciones de gozo y esperanza. Agradezco a monsen?or Mukobo, al padre Phiri y a la hermana Michael Marie por las palabras de bienvenida que me han dirigido en nombre de todos ustedes. Quisiera tambie?n agradecer a las Hermanas Felicianas su hospitalidad.

Antes que nada, les doy las gracias por la contribucio?n activa que tantas personas consagradas y sacerdotes ofrecen a la Iglesia y a la sociedad keniata. Les pido que lleven mi afectuoso saludo a todos sus hermanos y hermanas que no han podido estar hoy con nosotros y, sobre todo, a los ancianos y enfermos de sus comunidades.

«Dios, que comenzo? a hacer su buena obra en ustedes, la ira? llevando a buen fin hasta el di?a que Jesucristo regrese» (Flp 1,6). Esta tarde me gustari?a hacer mi?a esta sentida oracio?n del apo?stol Pablo, agradeciendo el servicio fiel al Sen?or que ustedes realizan en medio de su pueblo.
Cada di?a, yendo a los hospitales y a las casas de los enfermos, de los que sufren, de los pobres y de los marginados, ustedes proclaman la misericordia y la amorosa compasio?n de Dios. En las parroquias, escuelas e instituciones educativas, trabajan para educar a los jo?venes como cristianos y como ciudadanos honrados. Vale la pena estos esfuerzos. Ustedes ayudan asimismo a construir la vida espiritual y moral de la sociedad sobre los so?lidos cimientos de la honradez, la justicia, la solidaridad y el uso responsable de la libertad. De manera especial, realizan su servicio como signos vivos de la comunio?n de la Iglesia, que abarca a todos los pueblos y lenguas, sin excluir a ninguno y buscando la salvacio?n de todos.

A todos ustedes les pido que custodien su vocacio?n como un don de Dios y que mantengan siempre viva la llama de su celo. Esta exhortacio?n va dirigida especialmente a los religiosos, religiosas y a las dema?s personas consagradas aqui? presentes. Sus jo?venes corazones han sido inflamados por la belleza de una vida que camina tras las huellas de Cristo, dedicados a Dios y al pro?jimo. Renovando su «si?» cada di?a al llamado del Sen?or, para seguirlo en la castidad, pobreza y obediencia evange?licas, le entregan todo lo que tienen y todo lo que son. Aunque vivimos y ejercemos nuestro apostolado en el mundo, nuestros corazones deben estar orientados hacia el cielo.

Que la oracio?n personal, litu?rgica y comunitaria, sea el centro de su jornada. Quisiera ahora agrade cer tambie?n a los consagrados y consagradas que viven en clausura su apostolado escondido, que contribuye tanto a la fecundidad de la misio?n de la Iglesia en este pai?s.

Queridos hermanos sacerdotes, su misma vocacio?n los llama, a imitacio?n de Cristo Buen Pastor, a salir en busca de los pobres, de los enfermos y de cuantos necesitan la misericordia de Dios. Esta es la fuente de nuestra alegri?a, ser heraldos y ministros de su compasio?n y amor por todos, sin distincio?n. En medio de las muchas obligaciones y ocupaciones del ministerio pastoral, la oracio?n, la fraternidad sacerdotal, la unio?n de mente y corazo?n con sus obispos, y el recurso frecuente a la gracia del sacramento de la Penitencia, deben ser la fuente de su fortaleza y un baluarte contra la sutil tentacio?n de la mundanidad espiritual. El Sen?or nos llama a ser ministros de su gracia, a pesar de nuestras limitaciones y debilidades. E?l, como nuestro eterno y Sumo Sacerdote, perfeccionado mediante el sufrimiento (cf. Hb 2,10), fortalecera? su testimonio con el poder transformador de su cruz y la alegri?a de su victoria eterna.

Queridos jo?venes seminaristas, tambie?n a ustedes los llevo en mi corazo?n. Estos an?os de preparacio?n y discernimiento constituyen un tiempo de gracia para descubrir la voluntad de Dios en sus vidas. Esto exige por su parte sinceridad, conocimiento de si? y rectitud de intencio?n. Y debe, adema?s, estar sostenido por la oracio?n personal y la libertad interior, para no caer en la bu?squeda del propio intere?s o de apegos indebidos. Sobre todo, debe ser un tiempo de alegri?a espiritual, la alegri?a que brota de un corazo?n abierto a la voz de Dios y humildemente dispuesto a sacrificarlo todo por el servicio de su pueblo santo.

Queridos amigos, el Evangelio que predicamos y nos esforzamos en vivir no es un camino fa?cil sino estrecho, pero que llena el corazo?n de una alegri?a indescriptible. Una vez ma?s, hacie?ndome eco del Apo?stol, les aseguro que «siempre que rezo por ustedes, lo hago con gran alegri?a» (Flp 1,4). Les pido que, por favor, recen por mi?, a la vez que yo los encomiendo al amor infinito que Cristo Jesu?s nos ha revelado. A todos ustedes, con gran afecto, les imparto mi bendicio?n.

Mungu awabariki! (Que Dios los bendiga)