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El único camino lo marca la ley

Los resultados de las recientes elecciones europeas se han querido explicar como un reflejo de la desafección hacia los políticos de buena parte de la sociedad, una suposición que se apoya en la elevada abstención del electorado, la pérdida de votantes de los principales partidos y la emergencia de nuevas formaciones políticas. Aunque este análisis responde en parte a la verdad, no cuenta toda la verdad, ya que estos comicios europeos se caracterizan, desgraciadamente, por una fuerte abstención. En todo caso el electorado ha enviado una seria advertencia, tanto al partido del Gobierno como a la oposición socialista. Pero lo que resulta grotesco es la pretensión de la izquierda radical de restar legitimidad al Parlamento para reclamar en la calle nada menos que un referéndum para proclamar la República. El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, señalaba ayer que todo el mundo tiene perfecto derecho a pedir un cambio en las reglas de juego, pero que ese cambio no tiene otro camino que el marcado por la ley. Y ese es el punto: ni la sociedad ni el Estado de Derecho tienen que verse sometidos a la amenaza permanente de movilizaciones callejeras para violentar la ley. Es el momento de la serenidad en la convicción, además de que la garantía de la estabilidad política está asentada en las mayorías parlamentarias que, en estas horas, mantienen vivo el espíritu de consenso que alumbró la Constitución.