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Madrugada. Lunes, 8 de julio de 2013

Una sola Fe, una misión apasionante

La semana pasada en Roma ha estado repleta de acontecimientos intensos. Con palabras del Salmo, el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres. Hemos vuelto a ver juntos a Francisco y Benedicto XVI, como si fuera un anticipo en imágenes de “La luz de la fe”, la encíclica que después conocimos el viernes. Hemos sabido que serán canonizados los beatos Juan Pablo II y Juan XXIII. Hemos asistido, en definitiva, a diversos hechos que han de ser acogidos en su totalidad, como parte de la rica y fecunda vida de la Iglesia. La carta encíclica “Luz de la fe” lo expresa de forma espléndida cuando habla precisamente de la fe, citando a San León Magno al afirmar que si la fe no es una, no es fe. Nuestro tiempo, marcado por una cultura relativista y fragmentada, nos arrastra en ocasiones, también en el ámbito religioso, a vivir a la carta, a elegir lo que a primera vista más nos gusta o nos conviene, como si estuviéramos eligiendo productos en las estanterías de un supermercado. Cada época puede encontrar algunos puntos de la fe más fáciles o más difíciles de aceptar, por eso hay que permanecer vigilantes para que se transmita todo el depósito de la fe. La vida íntegra, que acoge y transmite la fe en su totalidad y pureza, es toda una misión. No es una tarea sencilla, pero se torna de todo punto imposible si no está radicada en la verdadera fuente. Como les ha dicho el Papa este domingo a los miles de seminaristas, novicios y novicias que se han reunido en Roma, sin la relación constante con Dios la misión se convierte en función. El riesgo del activismo, de confiar demasiado en las estructuras, está siempre al acecho. Por eso, para poder transmitir esa sola fe, en toda su pureza y totalidad, hay que poner a Dios en el centro y, desde ahí, entregarse a la misión apasionante de transmitir el Evangelio, teniendo como ineludibles puntos de referencia la alegría de la consolación, la cruz y la oración.

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