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Transición en Egipto

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Las elecciones que se han celebrado esta semana en Egipto no han deparado sorpresas. El general Al Sisi ha sido elegido como nuevo presidente del país. Si acaso lo inesperado ha sido la baja participación. Se cierra así el período de interinidad que comenzó el pasado verano con la salida del poder de los Hermanos Musulmanes, cuyo gobierno, a pesar de ciertos apoyos de Occidente, estuvo marcado por anomalías y prácticas antidemocráticas. Con un bajo respaldo llevaron a cabo un proceso constituyente que no recogía la sensibilidad de la mayoría de la población musulmana y de la minoría cristiana. La presión popular y sus errores precipitaron su fracaso. Ahora ya sabemos los riesgos de un gobierno islamista. El ejército en los últimos meses ha cometido algunos errores. Uno de ellos es la condena a muerte de centenares de Hermanos Musulmanes. Pero la nueva Constitución es un buen paso para llegar a la democracia. Los militares harían mal si intentan repetir un modelo como el de Mubaraq. La juventud, que representa la inmensa mayoría del pueblo egipcio, demanda con justicia un cambio profundo. Esos jóvenes no han votado por Al Sisi, y le ha mandado un mensaje claro. No tiene un mandato para perpetuarse, sino para avanzar hacia la democratización. Si no lo escucha volverá la inestabilidad a Egipto, el país de más peso en Oriente Próximo. No es imposible construir una democracia en un país de mayoría islámica, pero el camino será largo y difícil.