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Línea Editorial 27/01/2013

El problema no son los ancianos, sino la cultura de la muerte

Han causado gran revuelo las palabras del nuevo Viceprimer ministro japonés, que ha dicho que los ancianos deberían darse prisa en morirse, porque suponen un gran coste para el Estado. Taro Aso, responsable de la cartera de Finanzas, ha protagonizado el primer escándalo del recién estrenado Gobierno liberal. El verdadero problema es que no se trata de un desliz, sino que el ministro ha dicho en voz alta lo que su Gobierno y muchos otros realmente piensan. Con una tasa de natalidad casi tan baja como la española y una elevada esperanza de vida, el Estado social japonés es insostenible, y su única opción viable a corto plazo, según la ONU, pasa por retrasar la jubilación hasta los 77 años y admitir a un millón de inmigrantes. Japón fue el primer país que alcanzó la tasa del 30% de la población por encima de los 60 años, pero según las previsiones 64 países estarán pronto en esa situación, incluida España, camino de convertirse en el octavo país más viejo del mundo. Si a ello se añade que las personas concentran hasta el 80% de su gasto sanitario en los últimos 6 meses de vida, resulta fácil comprender las razones reales tras el debate sobre la eutanasia, que se abre paso con fuerza en muchos países. El invierno demográfico se come el gasto público y el ahorro privado, y hace inevitables duros recortes. El problema de fondo, sin embargo, es una cultura que no reconoce el valor de la vida. Y esto sólo se superará con una revisión profunda de las actitudes personales, y devolviendo a la familia la consideración pública que merece.

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