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La persecución contra los coptos

En un Egipto al borde de la guerra civil, en el que las esperanzas de una primavera árabe se están frustrando, y la paz y la democracia se alejan cada día que pasa, se intensifica uno de los síntomas más evidentes de la pérdida de horizonte de justicia y de libertad. Durante estos días pasados, el odio islamista contra el Ejército se ha desviado impunemente contra las minorías cristianas, en particular contra la comunidad copta. Radicales intransigentes han quemado varias iglesias en cuatro provincias al sur de El Cairo. El primer ministro egipcio ha condenado las “acciones criminales” contra esta comunidad y ha expresado al patriarca Teodoro II su solidaridad y el apoyo del gobierno a la reconstrucción de los templos derruidos. Los cristianos coptos de Egipto no solo representan una minoría significativa, forman parte de la identidad y de la historia de ese pueblo desde que el Evangelio llegara a esas tierras en el siglo primero. El clima de tensión, que ha obligado al patriarca de los coptos a renunciar en los últimos días a sus actividades públicas y recluirse en la catedral de san Marcos, se ha intensificado con la violencia e intransigencia de los Hermanos musulmanes y de los grupos radicales islamistas. Tal y como ha insistido el Papa Francisco en los últimos días, la oración de los cristianos debe acompañar los esfuerzos por construir la paz, que no llegará a Egipto si no es a través del respeto a la dignidad de la persona, el diálogo y la reconciliación.

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