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Un perfil de santidad

De 

Al definir la misión del Papa el Catecismo de la Iglesia afirma que “es el principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles”. En su primer gesto de presentación pública, lleno de humildad y sencillez, el Papa Francisco dejó anoche bien patente esta prioridad de la Iglesia, primero al dirigir la oración del Padrenuestro, Ave María y Gloria por su predecesor Benedicto XVI, y después al subrayar que iniciaba junto a todos un camino en la fraternidad, amor y confianza mutua. El nuevo Papa que ha sorprendido al mundo por la elección del evocador nombre de Francisco, el “poverello de Asís” y por su procedencia del Nuevo Mundo, ha dejado bien claro que desea marcar su camino con la oración y la humildad, dentro de la confianza recíproca que debe existir en el seno de la comunidad cristiana. No hay ruptura ni discontinuidad; después de dos pontificados que tanto se han significado por la fuerte personalidad intelectual de Juan Pablo II y Benedicto XVI, la inspiración del Espíritu Santo ha señalado a un pastor a pie de calle, franco y directo, austero y con capacidad de gobierno. Es la renovación en la continuidad de la misión de la Iglesia. Ahora muchos intentan ya encasillar al nuevo pontífice, pero lo que de verdad importa es lo que anoche mismo apuntaba el portavoz de la Conferencia Episcopal española, jesuita como es el Papa: que Francisco es un hombre con el perfil de un santo. Y de eso se trata: de que venga de donde venga, incluido el fin del mundo, sea santo y conduzca a la Iglesia hacia la santidad de cada uno de sus miembros.        

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