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Línea Editorial 21/01/2013

La peligrosa espiral de la desconfianza

La historia ha mostrado en numerosas ocasiones que la pérdida de la fe en Dios tiene consecuencias inmediatas sobre la pérdida de fe en las capacidades del hombre. Por eso, sumergidos en una peligrosa espiral de desconfianza generalizada, debemos acertar en el diagnóstico de lo que nos está pasando para encontrar la solución. Cuando el Papa afirma que detrás de todas las crisis que padecemos se encuentra una crisis moral, que es en último término una crisis de fe, se está refiriendo a esto. Ante el espectáculo que están dando algunos políticos al afrontar diversos casos de corrupción conviene analizar con serenidad la situación para evitar llegar a la conclusión de que “todos son iguales” y de que nadie escapa a la tentación de enriquecerse ilícitamente. Como ha señalado el obispo de San Sebastián, monseñor Munilla, la corrupción en la vida pública es uno de los principales males morales de nuestros días, y se hace necesario arbitrar medidas de estricto control que devuelvan la confianza a los ciudadanos. Pero dicho esto, debemos añadir que el clima generado por la corrupción puede acarrear en nosotros un segundo mal moral: una desconfianza generalizada que nos lleve a aislarnos y ausentarnos de la vida pública y política. Hablar de Dios en esta situación concreta no está fuera de lugar. Si confiamos plenamente en Dios aprendemos a no desesperar de nadie. Lo cual no quiere decir que no tengamos que ser conscientes de la debilidad del ser humano, pero siempre sin dejar de creer en su capacidad de honradez y honestidad.

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