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El Papa, pese a todo, es el mayor defensor de la ONU

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El Papa recibe al Secretario General de las Naciones Unidas, con unos 30 responsables de organismos especializados de la ONU. El encuentro se produce en un mal momento. Desde un comité de la ONU se ha vuelto a acusar al Vaticano de connivencia con los abusos sexuales cometidos en el pasado por algunos clérigos. Son acusaciones torticeras, ya que, si bien un solo caso sería intolerable, se lanza una injusta sombra de sospecha contra una institución, la Iglesia, que ha sido modelo en la puesta en marcha de medidas de prevención y lucha contra esta lacra, y donde la incidencia de estos casos ha sido muy inferior que en otros ámbitos. Las acusaciones obedecen más bien a prejuicios. Algunas agencias de la ONU promueven en el tercer mundo una radical agenda ideológica antifamiliar y abortista, y el Vaticano es una voz muy crítica. Pero Ban Ki-moon no visita hoy a un adversario, sino a un gran aliado, probablemente el mejor que tiene. Los últimos Papas han sido grandes defensores del multilateralismo y de la legitimidad de las Naciones Unidas como foro en el que las naciones deben dirimir pacíficamente sus diferencias. También en ese sentido vivimos hoy un momento crítico, con potencias regionales como Rusia desafiando la legalidad internacional. Hace falta, como pedía Benedicto XVI, refundar la ONU y dotarla de mayor «poder efectivo», también en asuntos como el gobierno de la «economía mundial». Pero eso será posible sólo contando con los países del sur, no marginándoles en la toma de decisiones, ni por supuesto, adoctrinándoles ideológicamente.

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