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Luis del Val

Paloma Gómez Borrero, la «generosa alegría»

El periodista Luis del Val glosa la figura personal y profesional de esta maestra en el oficio en ABC

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Conocí a Paloma Gómez Borrero en aquellas excursiones que Luis del Olmo organizaba a Ponferrada, donde llegamos a sospechar si no eran unas pruebas de resistencia para observar quién era el colaborador que sucumbía ante el botillo. Lo superamos todos, con buena nota, incluida Paloma.

Es difícil encontrar a una persona que siempre esté risueña, que se encuentre de manera permanente dispuesta a ayudar en lo personal o en lo profesional, y que sea capaz de describir lo que sucede a su alrededor, sin faltar a la verdad, pero añadiéndole un matiz pintoresco, un tono humorístico, un enfoque original. Compartías con ella un viaje. Al cabo del tiempo, cuando el viaje ya estaba olvidado, en una cena o en un almuerzo, alguien rememoraba ese viaje, y entonces Paloma hacia la crónica oral de lo que fue, y florecían las sonrisas, y luego las risas, y llegabas a la conclusión de que todo eso había sucedido delante de tus ojos, pero tú no habías tenido la sensibilidad, ni la agudeza de captar todo lo que había captado Paloma.

Vivía como si fuera el último día y trabajaba como si fuera el primero, y tuviera que hacer méritos ante los superiores. Ni el paso de los calendarios, ni la iteración de los viajes, ni la monotonía que acecha siempre a la costumbre, le causaban la más mínima rebaja en el entusiasmo, pero no sólo en el trabajo diario, sino en darte la fórmula para fabricar en casa el limoncelo o la insistencia para que leyeras un libro que le había gustado.

Esa alegría de vivir iba siempre acompañada de una generosidad que siempre me asombró, porque es ya tan rara que resulta extravagante. Pero todos los que la llamábamos para preguntarle si iba a estar en Roma tal o cuál día, encontraba el acogimiento de una mujer muy atareada, pero que era capaz de hacer un hueco para ayudarte en una gestión o para comer o cenar contigo. Rara veces a solas, porque entre su multiplicidad social había un tíovivo permanente, y quedabas con ella en un café, y te la podías encontrar con una modelo de fama internacional, con una actriz conocida o con el sastre del Papa. En relaciones sociales Paloma Gómez Borrero era omnívora, como suelen ser las buenas personas, desde la alta burguesía hasta los mendigos. Un día me dijo que era socia de un mendigo.

Había llegado a la urbanización donde vivía, cerca del Vaticano, un mendigo con una guitarra y un pequeño equipo electrónico. Le pidió permiso para si, con ayuda del cable, podía enchufar el pequeño equipo. Paloma, que no sabía decir que no a nadie, le prestó el enchufe, y el mendigo se dirigió al centro del patio y cantó un par de canciones napolitanas. Llovieron algunas monedas que el mendigo-cantante recogió. Cuando desenchufó el cable, le quiso dar a Paloma algunas de esas monedas por su colaboración. Me contaba Paloma que estuvo a punto de rechazarlas, pero consideró que lo cortés era aceptarlas. Y le devolvió el orgullo de cantante al mendigo. Así era Paloma, así la recordamos, así nos reconfortará, siempre que la memoria nos lleve a estar con ella.

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