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Misa de San Isidro

Necesitamos Santos que hagan fecunda la evangelización

Esta mañana, el Cardenal Arzobispo de Madrid, Antonio Mª Rouco Varela, ha presidido en la Colegiata de San Isidro una solemne Eucaristía en honor al Santo Patrono de Madrid, cuya festividad litúrgica se celebra hoy. Con él han concelebrado los Obispos Auxiliares de Madrid, Mons. Fidel Herráez y Mons. Juan Antonio Martínez Camino, SJ., miembros del Cabildo Catedral, y el clero parroquial. A la Misa han asistido D. Ignacio González, Presidente de la Comunidad de Madrid, Dña. Ana Botella, Alcaldesa de la ciudad, y miembros de la Corporación Municipal, así como cientos de fieles devotos del santo.

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En su homilía, el Cardenal ha recordado la figura de san Isidro Labrador, señalando que medio siglo después de su fallecimiento “el pueblo de aquel Madrid rural y humilde, apenas iniciada su andadura por los caminos de la gran historia de España y del mundo, recordaba a aquel vecino suyo como un hombre extraordinariamente virtuoso y bueno. A él había acudido tantas veces y en tantas ocasiones, las más variadas, tristes y gozosas, dramáticas y festivas, para impetrar el favor de Dios. Muy pronto se había comenzado a propagar la noticia de sus milagros, hechos en vida y otorgados después de su muerte. La devoción de los vecinos de la comarca y de la ciudad de Madrid al sencillo labrador, hombre de Dios y amigo del hombre, el ejemplar cristiano, Isidro, no dejaría de acompañar nunca hasta nuestros días la historia humana y espiritual de sus habitantes y de sus familias. En el fondo: ¡su historia más entrañable! Y, por supuesto, marcaría lo más íntimo y esencial de lo que constituye la vida de la Iglesia: su liturgia, el anuncio y el testimonio de la fe, la caridad y el servicio a los más necesitados. La historia de la comunidad católica madrileña y de los rasgos que mejor tipifican su personalidad espiritual es impensable sin la devoción y veneración popular a San Isidro Labrador”. Aunque “la historia del Madrid de las ciencias, del arte y de las letras, del deporte, de la economía y de la política, del servicio a la sociedad… está poblada de nombres señeros, conocidos y admirados en España y en todo el mundo”, reconoció que “ninguno se ha hecho tan popularmente famoso como el del sencillo labrador Isidro, nacido en Madrid sobre 1082, de familia mozárabe, criado de los Vargas, casado con María de la Cabeza, doncella igualmente humilde, que procedía de la localidad próxima de Torrelaguna. Más aún, la fama de San Isidro entre los madrileños crece y se intensifica extraordinariamente cuando Madrid, convertida en la Capital de España por el Rey Pelipe II… abre el capítulo de la historia moderna de España y de Europa”. “La devoción popular de los madrileños a San Isidro Labrador, prosiguió, llega a su momento más álgido el 12 de marzo de 1622 al ser proclamado Santo por el Papa Gregorio XV en Roma junto con otros tres grandes Santos españoles universales, Ignacio de Loyola, Francisco Javier y Teresa de Jesús, figuras claves en la apertura de los caminos de la renovación moderna de la Iglesia”. Y es que “los madrileños apreciaron –y aprecian– la santidad de aquel humilde labrador, devoto de Dios y amigo de los hombres, por encima de cualquier otro mérito de sus conciudadanos del pasado y del presente, reconocidos con toda razón en su valor social y humano”. Excepcional hombre de Dios “Sí, afirmó, Isidro labrador, había sido un excepcional hombre de Dios”. “Era un hombre profundamente piadoso” que “visitaba todas las mañanas, antes de acudir a su trabajo de labrador en los campos de su amo, a orillas del Manzanares, la Iglesia de aquel primer Madrid, que acababa de recobrar la libertad de la fe cristiana. El ‘ora et labora’ –‘el reza y trabaja’– de la tradición benedictina alentaba, probablemente sin saberlo, en la vida ejemplar de aquel labrador madrileño de la primera hora del Madrid recién reconquistado”. “Era, continuó, un buen y generoso vecino, siempre paciente y alegremente dispuesto a cumplir con sus deberes de labrador con el dueño de las tierras y los compañeros de labranza, más allá de lo estrictamente debido. Con bondad, con misericordia, con sentimientos de una amistad nacida del amor gratuito al prójimo, que se vertería sin límites en los más pobres”. “Amor compartido con su esposa María de La Cabeza y con el hijo de ambos, Juan, en el marco de una vida matrimonial y familiar, transida de ternura y de amor de Dios. Amor finamente respetuoso y que llega a todos: a la familia de sus amos, los Vargas, y a todas las familias de aquel primer Madrid en el que convivían cristianos mozárabes, judíos y musulmanes”. “En la fe y amor a Jesucristo Resucitado, cultivado y alimentado diariamente por la oración y la piedad eucarística, se encuentra la raíz de ese amor vivido heroicamente del santo labrador madrileño con su prójimo… Profesado y practicado con especial esmero para con los que más lo necesitaban, comenzando por su esposa y su hijo… San Isidro Labrador era un Santo porque había llegado a la perfección de la caridad. Reconocido y venerado por el pueblo madrileño como su Patrono por ser santo. ¡Santidad y Patronazgo de San Isidro, inseparables en la devoción multisecular de los madrileños!”, afirmó. Madrid sigue necesitando santos “Madrid sigue necesitando santos”, aseguró. “Necesita Santos la Iglesia diocesana, para ser fecunda en la evangelización de tantos ciudadanos madrileños… Necesita santos para que se pueda mantener firme en la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que justifica y salva al hombre, hijo de Adán; firme en la esperanza de que la vida ha triunfado sobre el pecado y sobre la muerte en la Resurrección de Jesucristo; y firme en la caridad, o lo que es lo mismo, en el testimonio efectivo de ese amor más grande del Redentor del hombre, que cura, sana y alivia todos sus males, los espirituales y temporales: el amor que es capaz de transformar para el bien las conciencias de las personas y de la sociedad. Sin la conversión, moral y espiritualmente honda al mandamiento divino del Amor, salir de la crisis –crisis económica-social, laboral, familiar, cultural y ética–, sólida y establemente, a medio y a largo plazo, se antoja poco menos que imposible”. “La sociedad madrileña necesita Santos, y la primera responsabilidad de la Iglesia diocesana, ante el Señor que nos ha de juzgar, es la de ofrecerle un campo pastoral fértil y rico en auténticos y abundantes frutos de santidad. Sí, necesitamos a San Isidro, nuestro Patrono, como un modelo de santidad, de máxima actualidad, que precisa y reclama urgentemente la situación crítica por la que atraviesan la cultura y la sociedad europea, española y madrileña… Venerarlo equivale a sentirse llamado a imitarle y a invocarle como intercesor de Madrid y de los madrileños”. Concluyó pidiendo a san Isidro que “interceda para que los fieles católicos de Madrid sepamos vivir y morir, imitándole a él en su sencillez evangélica, como hijos y devotos fervientes de Nuestra Señora, la Virgen de La Almudena, a la que confiamos todos los hijos e hijas de Madrid: su salud física y espiritual, su bienestar y el de sus familias, y su futuro para que sea un futuro de esperanza gozosa apoyada en la vivencia creciente del poder del amor y de la gracia de Jesucristo Resucitado, Nuestro Señor y Salvador”.

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