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Línea Editorial 25/01/2013

Ha muerto el cardenal Glemp, un héroe de nuestro tiempo

Ha muerto un gran hombre, uno de los últimos héroes de una saga que abarca la terrible persecución religiosa comunista del siglo XX. El nombre del cardenal polaco Józef Glemp queda para la historia junto al de su predecesor, Stephan Wyszynski, o al de los cardenales Stepinac o Mindszenty, por citar sólo algunos de los más conocidos testigos de la fe en la Europa del Este. Es de justicia recordar el altísimo precio que pagaron por su defensa de la libertad religiosa y la dignidad humana, porque la paz de la que disfruta hoy una Europa felizmente reunificada no hubiera sido posible sin sus sacrificios. Del cardenal Glemp, el hombre que guió a la Iglesia en Polonia entre 1981 y 2004, ha destacado Benedicto XVI su contribución a la concordia y la unidad de los polacos, en comunión con Juan Pablo II. La Iglesia jugó un papel decisivo en la caída del socialismo, pese a que su misión, como solía decir el cardenal Glemp, no era de tipo político. Esa aportación decisiva a la libertad  consistió en hacer ver a muchas personas que nadie puede arrebatarles su dignidad de hijos de Dios. Además, el final del régimen hubiera sido muy distinto si los obispos no hubieran enseñado continencia frente a las provocaciones, algunas terribles, como fue el asesinato del padre Popieluszko. Pero si el comunismo negaba la dignidad humana, el peligro existía también en la cultura materialista que llegó tras la caída del Muro. De nuevo, la Iglesia prestó un valioso servicio al hombre al enseñar que la libertad es algo mucho más serio que poder comprar refrescos americanos.