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Los miserables (2012) resulta un musical notable

Los miserables

Imposible no citar la sobrecogedora interpretación de Anne Hathaway

Los miserables *** 1/2

Público recomendado: Jóvenes-Adultos 

Estamos ante una adaptación más, de una de las novelas más populares de la literatura romántica del Siglo XIX: Los miserables (1862), de Victor Hugo; por lo que con raíces tan sólidas, es muy difícil no rozar lo sublime, pero también, muy sencillo desviarse de él. Sin embargo, la adaptación de Tom Hopper (El discurso del Rey, 2010), es del exitoso musical de Claude-Michael Schönberg  estrenado en París en 1980[i], y tan sólo indirectamente de la obra de Victor Hugo. Hopper nos propone, pues, la versión fílmica del musical en donde han colaborado en las canciones los propios creadores de las partituras originales, Alain Boublil, Jean-Marc Natel y Schönberg. En conjunto Los miserables (2012) resulta un musical notable con sobresalientes descubrimientos técnicos e interpretativos (adelanto mi agradecimiento y asombro, ante Anne Hathaway) que ponen de manifiesto que el relato romántico de Victor Hugo, que tiene manifiestas inspiraciones cristianas, es pertinente y mantiene su vigencia intacta. ¿Qué habita, pues, en esta novela, que tome la forma que tome, resulta eterna al espectador? 

Contextualizada en la Francia de principios del siglo XIX, la trama desarrolla una conmovedora historia que plantea, a través de su argumento, la lucha sobre el bien y el mal; sobre la ley, la religión, la ética, la justicia, el valor de la oración a Dios y la capacidad redentora del amor. El protagonista Jean Valjean (prisionero 24601) obtiene su libertad tras casi dos décadas de condena, por haber robado un pedazo de pan para un niño enfermo y hambriento. Javert, interpretado contenida y acertadamente por Rusell Crowe, es el inspector que encarnará “la ley”. Valjean, una vez libre, luchará por vivir con dignidad pero las circunstancias hostiles que se encuentra, comienzan a llevarle al límite de sus recursos, forzándole a recurrir a lo vil y corrupto. El encuentro con el caritativo Obispo de Digne (Colm Wilkinson) marcará  el punto de inflexión más importante de su vida y también de la novela; porque Jean Valjean descubrirá en ese encuentro, quizás sin darse cuenta, su verdadera identidad, que es, extrañamente, esa pregunta que le ha acompañado durante toda su existencia: ¿Quién soy yo? Durante mucho tiempo, Valjean será perseguido por el cruel inspector de policía Javert, un hombre incapaz de entender el significado verdadero del perdón y el arrepentimiento; quizás por un torpe concepto de autoridad y por ser un ser solitario. 

Podríamos decir que ambos personajes, el perseguidor y el perseguido, encarnan dos actitudes vitales universales, dos formas de afrontar la vida: Valjean encarnará la opción de vivir determinado por la Gracia (mal traducida en los subtítulos por Fe) y que tiene su raíz en un encuentro que es signo de la Misericordia divina; y Javert encarnará a la Ley, que viene a ser reflejo del moderno estatalismo positivo, y que tiene sus cimientos en las leyes humanas. La introducción inesperada del perdón y la amistad en la historia de Javert serán el imprevisto necesario y esperado; vale la pena destacar que la incapacidad de Javert para ver las limitaciones de la Ley como camino vital para el hombre, es un reflejo de los abusos de la monarquía, del que él mismo es víctima también. Dicha miopía de la autoridad pudiera ser una de las razones del germen de una revolución social, en este caso, de una humilde revolución republicana, tras la muerte del general Maximilien Lamarque. Sin embargo, para hablar del contexto de la obra, menos definida en matices que la original, prefiero mantener la mirada fija en Fantine interpretada de manera excepcional por Anne Hathaway que junto a Hugh Jackman conforman unas de las mejores interpretaciones del año. 

Dentro de Los miserables habita, en cuanto a su contextualización se refiere, una especie de microcosmos social, marcado por una profunda miseria tanto física como moral, que es un espejo en el que podemos mirarnos todos, de cualquier época y momento; un microcosmos anacrónico e intemporal que nunca envejece.  Seguir al personaje de Fantine nos describe de manera simple y efectiva el grado de miseria, una bien honda y profunda; que ha borrado los límites de lo correcto y bello. Ella es trabajadora de una empresa y, de repente, recibe un injusto trato por su capataz (¡ojo a la agresiva competitividad de sus compañeras de trabajo!) y la despide; una vez sin trabajo, se verá obligada a prostituirse para poder mantener a su pequeña hija, Cosette[ii]. En este sentido, cabe destacar la puesta en escena del barrio de las prostitutas (o la del posadero con el histriónico pero interesante, por miserable, matrimonio Thénardier) que consigue ser símbolo del sufrimiento del pueblo y no mero esteticismo del que quizás adolezcan algunas otras secuencias como las de la barricada; quedando, pues, la puesta en escena de la obra por debajo de la soberbia labor de otros departamentos como el de fotografía,  ambientación o del espectacular diseño de vestuario (del español, Paco Delgado). 

A pesar del precio de la sobrecarga emocional, aplaudo la apuesta del director por los primeros planos; a los que somete a unos actores que cantan e interpretan en un riguroso directo; imposible no citar la sobrecogedora interpretación de Anne Hathaway que da vida al alma, de una Fantine demacrada, en un único primer plano cuando canta I Dreamed a Dream[iii].  Una secuencia absolutamente trascendental en cuanto a la dimensión religiosa y espiritual del ser humano se refiere; pues se percibe cómo Fantine tiene un alma que clama por que exista algo diferente, como si añorara Otro Lugar, ya soñado del que puede hacer Memoria; como si tuviese inscrito en el corazón la huella de esa hermosa posibilidad… Hay, pues, mayor trascendencia en un primer plano de Anne Hathaway que en un contrapicado. Aplaudo también el género musical como “forma estética” escogida para esta historia, porque sólo la música consigue transmitir determinadas certezas; y permite, sin ser ningún juego irónico, que el alma humana se exprese; siempre claro que el espectador no le dé prioridad a las palomitas de maíz, suyas o ajenas, sino a la bella Fantine a Jean Valjean o a Javert. 

En conclusión, Tom Hopper nos cuenta la historia de Los miserables desde una estructura más teatral que cinematográfica, que parece estar dividida en dos partes: una primera, quizás con un ritmo más inestable e irregular y un montaje atropellado; y una segunda parte más digna y, en ocasiones sublime, con bellísimos planos secuencias, para tratarse de la obra de Victor Hugo. Frente a la estructura narrativa se presenta, digámoslo así, una estructura existencial que subyace en el subfondo de la narración; por un lado aparece Jean Valjean con el perdón como motor de cambio tanto de la persona como de la sociedad; y, por otra, Javert (o incluso el pueblo) que abanderan la ley (o la revolución) como origen del verdadero cambio. Toda la obra parece converger en un desafío para los personajes o para los espectadores: verificar una sola frase de toda la obra: “Amar a una persona es contemplar la faz de Dios”; pero para ésto es necesario el encuentro con esa “faz de Dios”, con ese Cristo, que en la película recae sobre el Obispo de Digne al principio y sobre Jean Valjean al final. 

Hopper pasa de El Discurso del Rey (2010) al discurso de Jean Valjean o de Fantine, que al expresar su humanidad hasta donde lo hacen y toparse con esa faz divina, se descubren instantáneamente reyes por naturaleza; y como tales, nos indican que estamos llamados a reconocernos con ellos, como pertenecientes, por humanos, a una estirpe de realeza de la que venimos y que un día, como Fantine, soñamos porque conocimos.

Carlos Aguilera Albesa

 

Ficha técnica: 

Les misérables

Dirección: Tom Hooper

Reino Unido, Año: 2012.

Duración: 158 min.

Género: Drama musical

Interpretación: Hugh Jackman (Jean Valjean), Russell Crowe (inspector Javert), Anne Hathaway (Fantine), Amanda Seyfried (Cosette), Helena Bonhan Carter (Madame Thénardier), Eddie Rednayne (Marius), Aaron Tveit (Enjolras), Sacha Baron Cohen (el posadero Thénardier), Samantha Barks (Éponine) y Daniel Huttlestone (Gavroche).



[i] El musical de Los miserables es uno de los musicales más aclamados de la historia, quizás menos por la crítica que por el público; y que junto al Fantasma de la Óperaredefinieron el musical escénico de la segunda mitad del siglo XX.

[ii] En este personaje también se puede apreciar cómo la crisis económica o empresarial tiene un efecto directo en la crisis de la persona, hasta el punto de alcanzar la miserabilidad más inhumana.

[iii] Cabe destacar también el tema nuevo, Suddenly, que canta un fabuloso Hugh Jackman en la piel de Jean Valjean. Dicha canción está nominada al Globo de Oro a la mejor canción original; también opta al Globo de Oro por: mejor película musical o comedia; actor de musical o comedia (Hugh Jackman) y actriz de reparto (Anne Hathaway).