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Se llama Vinicio y dice que es feliz

Habla el hombre de las llagas: "Nadie me había abrazado así desde que era pequeño"

“Sentí que estaba en el Paraíso. Esa noche no dormí”. El enfermo de neurofibromatosis a quien el Papa Francisco abrazó en la plaza de San Pedro el pasado 8 de noviembre tiene 53 años y una vida llena de sufrimientos y desprecios. Vinicio Ceva, deja claro para quien aún tenga recelos, “No soy contagioso, pero él no lo sabía cuando me acariciaba”.

Una periodista del Corriere della Sera ha conseguido hablar por teléfono con Vinicio Ceva, que vive en un pequeño piso de protección oficial junto a su hermana Morena, quien padece la misma enfermedad hereditaria. Les cuida su tía Caterina porque su madre murió por estos tumores.Vinicio, ¿qué te pasó con el Papa Francisco? Me explotó el corazón. Y después sentí que estaba en el Paraíso. El Paraíso estaba allí.También ha conseguido contactar con esta pequeña familia la revista Panorama: “Yo no soy contagioso, pero el Papa no lo sabía. Lo hizo y punto: me acarició todo el rostro y, mientras, yo solo sentía amor. Duró apenas un minuto, pero a mí me pareció una eternidad”.Recuerda que “esa noche no durmió”, y que estuvo levantado junto a su tía. “Los que me conocen desde hace años son buenos. Los que no me conocen son malos”. Pero nunca hasta ahora nadie había abrazado así a Vinicio, cuyo mayor placer es ir a un restaurante y comer arroz “al estilo pescador”..-¿Cómo es tu hermana?.-Es más guapa que yo.-¿Y qué hacéis cuando estáis juntos?.-Peleamos como el perro y el gatoCuenta la tía Caterina que ambos han crecido con poco amor –su padre salía de casa al alba y volvía muy tarde, sin tiempo para el afecto- y sin que nadie les prestara atención, salvo las personas que les señalan por la calle y les esquivan. “Las madres apartan a los niños cuando se cruzan con él. No es contagioso, es bueno como el pan y detrás de su aspecto de hombre elefante hay un alma repleta de sentimientos”. Vinicio empezó a pasar por el quirófano cuando tenía dos años: primero un angioma, después el corazón, tres veces los ojos, la garganta, y además varias incisiones profundas para extirpar los quistes de la espina dorsal. Su vida trascurre entre los cuidados de su tía y un trabajo como recogedor de cartones en un instituto. Cobra 500 euros al mes, que son sus únicos ingresos, y no todas las cremas y medicinas que necesitan están cubiertas por la Seguridad Social. Así que su única distracción es montar en su bici eléctrica y viajar con Unitalsi, la asociación que se ocupa de llevar a los enfermos italianos de peregrinación. Por eso estaba esa mañana en el Vaticano. A pesar de todo, cuentan a los periodistas, “somos felices, felicísimos”.

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