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La guerra de Siria no ha terminado

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La caída en manos del Gobierno sirio del bastión rebelde de Homs hace presagiar un desenlace rápido favorable a los intereses del régimen de Bashar Al Asad. El hambre y las bombas han terminado doblegando a los rebeldes, y es posible que corran ahora la misma suerte otras ciudades como Alepo o el norte kurdo. Pero esto, de ningún modo, significa que esté próxima la paz en Siria, como pretende hacer creer el Gobierno, con la convocatoria de elecciones presidenciales en junio, con las que el país pasaría página y daría por concluida la guerra civil. En el mejor de los supuestos para el régimen, se dan todas las condiciones para un largo conflicto, similar o más sangriento aún que el de Iraq. Sigue siendo necesaria una decidida intervención internacional que ponga las bases de una convivencia pacífica. Lo han vuelto a pedir esta semana en Ginebra representantes de la Santa Sede y de las distintas comunidades cristianas presentes en el país, comunidades duramente perseguidas en estos años de conflicto.Un primer requisito es que países como Irán o Arabia Saudí dejen de armar a las partes. Hecho esto, gobierno y oposición deben ser empujados a la mesa de diálogo. El régimen tiene que poner fin a sus métodos represivos y los rebeldes cortar lazos con los islamistas radicales. Siria ha sido históricamente un modelo de convivencia en la región, ejemplo en la integración de las minorías. La comunidad internacional tiene la obligación moral de poner toda la carne en el asador para que un día no muy lejano pueda volver a serlo.

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