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Fidelidad a la doctrina sobre la familia, por el bien del hombre

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La Conferencia Episcopal ha tenido el acierto de difundir varios documentos de Juan Pablo II sobre el matrimonio que clarifican debates muy presentes en los medios de comunicación. Al canonizar a su predecesor, Francisco aludió a san Juan Pablo II como “el Papa de la familia”, y le ha puesto como referente para los dos próximos Sínodos sobre la familia, el primero de los cuales se celebrará en octubre, y el segundo sólo unos meses más tarde. El camino ya ha comenzado, aunque se ha puesto el foco de atención, de forma desproporcionada, sobre la situación de los divorciados en nuevas uniones. Este asunto fue ampliamente estudiado en el Sínodo de 1980 y sin duda merece ser nuevamente abordado, pero no es hoy ni de lejos el principal problema. Hay aquí un claro error de percepción. Algunos han interpretado que el Papa se dispone a modificar la doctrina sobre el matrimonio dada por el mismo Jesucristo, mientras que, para la Iglesia, el gran problema es que un alto porcentaje de parejas convive sin casarse y de espaldas a la doctrina cristiana. Aún hay quien insiste en presentar esto como un rasgo de modernidad, pero la realidad es que estas situaciones generan muchísimo sufrimiento. Acercarse con misericordia a esa gente herida y proponer de una manera más eficaz, sobre todo a los jóvenes, la belleza del matrimonio es un gran desafío para la Iglesia, porque la crisis de la familia se ha convertido en una verdadera epidemia con muchas víctimas arrojadas a la cuneta.

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