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El estigma de la violencia islamista

De Nigeria a Kenia, de Somalia a Irak, de Egipto a Pakistán, los grupos radicales islámicos prosiguen su escalada de terror. En esta espiral de violencia suelen ser las minorías cristianas, como hemos visto con horror este fin de semana en Pakistán, las principales víctimas, al representar, con su estilo de vida, una acusación palpable contra el proyecto de someter al mundo a la dictadura de imanes, ulemas, talibanes y emires radicales, formados en el odio a la libertad. También es cierto que en medio de esta vorágine se desarrolla una interminable guerra fratricida entre las dos grandes ramas del Islam, el chiísmo y el sunnismo, que hoy tiene su escenario más visible en Siria e Irak.Con este panorama de violencia, en el que sobresale la franquicia de “Al Qaida”, no se entiende que todavía no se haya convocado en el seno del mundo islámico una especie de concilio en el que se aborde a fondo el estudio de las raíces espirituales del Islam y se proclame la libertad de conciencia como el auténtico rostro de la religión musulmana. La ausencia de una autoridad unívoca en el seno del Islam ha dejado campo libre a cualquier iluminado para interpretar a su antojo los textos coránicos. Pero también hay estudiosos musulmanes que destacan la máxima coránica de que no es lícita la coerción en materia de conciencia. Hace falta un pronunciamiento claro, concorde y tajante, de las principales autoridades musulmanas, para privar definitivamente a los asesinos de cualquier justificación pretendidamente religiosa.