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Editorial, viernes 22 de febrero 2013

El panorama político de la capital no es, precisamente, alentador. Tampoco se podría considerar de deprimente sobre todo por la costumbre que los cordobeses han cosechado al ver a sus munícipes enfrascados en cuitas, venganzas personales, asuntos menores, dimes y diretes y sinsentidos varios a lo largo de casi todos los mandatos. Situaciones que dan mucho juego a la prensa, que andamos entretenidos contándolo, pero que poco o nada aportan a los ciudadanos. El equipo de gobierno del PP, como saben, pretende querellarse contra ediles del IU y PSOE, aunque de momento, les han dado la posibilidad de retracto. Si se empieza a judicializar la labor de la oposición en desacertadas o hirientes declaraciones, podríamos mientras ver construir varios centros de congresos. Oposición que no se presenta a un pleno que consideran no convocado, con la amenaza por parte de los que ahora gobiernan de no cobrar el sueldo por ello, como en su momento les ocurrió a ellos en otros tiempos, en épocas no muy lejanas. Estas son las cosas a las que últimamente se dedican nuestros representantes públicos. También, es verdad, que con una situación económicamente muy complicada se intenta trabajar por una ciudad mejor. Sería injusto no reconocerlo. Pero los cordobeses, tan acostumbrados como estamos a ver trenes pasar de largo, a que la ciudad se convierta en moneda de cambio de políticos soberbios y siglas que solo miran hacia sus intereses, no merecen espectáculos como los últimos ofrecidos. Y no ya porque la época esté siendo realmente criminal para los bolsillos y las familias, sino porque estás son las cosas que convierten a la democracia en lo que tristemente se está convirtiendo: el juego sucio de partidos políticos incapaces de dar respuesta a los que los votantes, los contribuyentes, en definitiva, demandan.