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Editorial, miércoles 13 de marzo 2013

De 

Que las inundaciones son inevitables es algo que la Naturaleza suele dejarnos claro. Que los damnificados por las mismas podrían ser menos, es otra cosa. El último temporal nos enseña de nuevo el desastre urbanístico que en Andalucía, y concretamente en Córdoba, padecemos desde hace muchos años. Construcciones ilegales, urbanizaciones nacidas al amparo de favores y trastiendas políticas, falta de control y vigilancia… todo ello, cuando la Naturaleza avisa, queda al desnudo en forma de familias desalojadas, casas destrozadas y dispositivos de emergencia. Y lo peor de todo: que no se pretende aprender. Sabemos que la próxima vez ocurrirá lo mismo, que se hará un enjuague solidario para los afectados, que realmente nadie tomará las cartas que el asunto requiere.  Una cosa son los destrozos inevitables, y otra muy distinta es que nos empecinemos en plantarle cara a los cauces y después llenar los medios y las primeras planas de pobres lamentos. No tenemos porqué soportar, ni pagar –por supuesto- la insensatez de muchos.

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