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Editorial, martes 29 de enero 2013

De 

No deja de ser curioso ver las fotografías que hoy ilustran la prensa y que nos muestran a Griñán, pegadito al alcalde o viceversa. Sobre todo porque el presidente de la Junta de Andalucía todavía no ha recibido a Nieto, después de numerosas peticiones de éste. Y eso nos da una idea de los extraños compañeros de viaje o momentos determinados que la política ofrece, pero, sobre todo, del teatrillo que su ejercicio supone para nuestros representantes públicos, enconados desde sus respectivas siglas, sus personales desacuerdos, sus envenenados rencores y sobre todo, una soberbia que no debería ser sostenida por el erario público. Bien es cierto que las posturas ideológicas no sólo no deben coincidir, sino que es bueno que entre ellas haya claras diferencias. Pero cuando esas siglas políticas quedan instaladas en las administraciones, lo primero que debe primar es el ciudadano, el contribuyente, a fin de cuentas. La historia de la Junta con Córdoba, con su Ayuntamiento, es un folletín de desencuentros y muchos desprecios. Pero ayer no dudaron ninguno en unirse al calor de la foto y el titular, en busca de la medalla en el pecho. La noticia, que es la apertura de la Ribera y la finalización definitiva de la reforma del entorno del Puente Romano, es magnífica, por supuesto. Pero los actores que ayer pusieron en escena lo que por otra parte es su obligación – hacer cosas-  es la muestra  lamentable de en manos de qué gente están nuestro patrimonio, nuestras ciudades, nuestros impuestos y, en gran parte, nuestro futuro.

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