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Editorial, jueves 7 de febrero 2013

Hoy es uno de esos muchos días en que nos encontramos un grupo de manifestantes delante del Ayuntamiento. Lo de hoy son un grupo escaso y poco ruidoso. Piden trabajo para los barrios antes marginales, ahora deprimidos, y se lo piden al alcalde. Por pedir, claro, que no quede. Esos barrios, por cierto, seguían deprimidos, o marginados, en anteriores mandatos, pero las manifestaciones no existían o eran escasísimas. Es lo que pasa en España cuando gobiernan los tuyos: pueden robar el manso, o tocarse las nalgas, pero no se le montan ni manifestaciones ni asaltos a sedes. La de hoy era por el empleo. Una de tantas. Una de muchas. Y que nos invita a reflexionar sobre algo tremendamente importante, porque más allá de la contaminación ideológica en protestas de este tipo, es preocupante como sigue habiendo un elevado índice de población que cree en las instituciones públicas como creadoras de empleo, como dadoras de trabajo. Y así, con esa mentalidad, mucho nos tememos que la crisis se hará mucho más larga por estas tierras. Cierto es que la población ha sido interesadamente subvencionada y acomodada por intereses políticos y réditos electorales. Pero el problema ahora es que ya no hay pasta. Comprar votos resulta carísimo. Y las administraciones ya ni contratan, sino que despiden. Si usted, como dicen los manifestantes de hoy, quiere trabajar, no coja un tambor y se vaya a la puerta del Ayuntamiento. Hay que tener demasiado tiempo libre para ello y lo importante es buscar trabajo. Pero de verdad.

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