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Editorial, jueves 13 de enero 2013

Ayer se presentaron los presupuestos de la Diputación Provincial, unas cuentas lastradas, entre otros graves asuntos, por el agujero del Consorcio de Bomberos. Los distintos pufos que hemos venido conociendo de los muchos años de poder socialista en la institución provincial sólo son, lamentablemente, la crónica conocida y generalizada de la nefasta gestión pública que los políticos suelen hacer avalados por demasiados años con las urnas a favor y un nulo sentido ético del ejercicio público. Suponemos que estos presupuestos tienen mucho de encaje de bolillo, sobre todo cuando hay que saldar una millonaria deuda con la tesorería general y mantener los servicios que la Diputación presta. Quedan algunas dudas en el horizonte no ya con la ejecución de dichos presupuestos en cuanto a los vaivenes que esa propia deuda, o quizá alguna más por conocer, pueda afectar a los mismos. La duda principal es cuándo se va a acabar el continuado ejercicio de irresponsabilidad dado por nefastos gestores anteriores, cuándo de verdad veremos los ciudadanos, que siempre pagamos, medidas penales claras contra los que hacen del dinero público su cortijo y su sayo y sobre todo, y más importante, cuándo de una vez seremos conscientes a la hora de votar que hay que tener en cuenta la corrupción, la capacidad de gestión y en definitiva la honradez de los candidatos y las propuestas de las formaciones. Sería un sano ejercicio. Sobre todo, porque el vacío en las urnas que produciría haría replantearse a los profesionales de la política que lo suyo, realmente, es un deber y no un marquesado intocable.

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