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El desafío de la emigración

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La frontera sur de Europa acaba de vivir una nueva madrugada de tensiones. Trescientas personas procedentes del África Subsahariana han  intentado saltar la valla. Hace menos de una semana el Consejo de Ministros aprobó una partida para reforzar los mecanismos anti-trepa de la valla, aún a sabiendas de que todos los días, y más con el buen tiempo, son miles los que sueñan con cruzar al otro lado. En Europa, ante las próximas elecciones al Parlamento, hay candidaturas manifiestamente xenófobas que encienden las peores pasiones contra los emigrantes que buscan una vida digna. El problema es dramático y no permite simplificaciones ni demagogias. Nadie emigra por placer sino por necesidad. Y quienes emigran son personas que deben ser tratadas como tales. La nota de los obispos de la COMECE es tajante en este sentido: “es de vital importancia que el tratamiento de los inmigrantes en cada punto de entrada de la UE sea humano, que sus derechos humanos sean respetados escrupulosamente, y que se haga todo lo posible, también por parte de las Iglesias, para asegurar su integración con éxito en la sociedad de acogida. Pero también advierten los obispos que “la responsabilidad de la recepción e integración de los inmigrantes debe ser compartida proporcionalmente por los estados miembros”. Los gobiernos europeos tienen el deber de regular con inteligencia y amplitud de miras la cuestión migratoria, que ya es un rasgo ineludible de nuestra época.

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