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La Curia que quiere el Papa

Si este fin de semana el Papa volvía a aludir a la necesidad de no dejarse arrastrar por el espíritu del mundo, hoy en el tradicional discurso anual ante la Curia romana ha insistido en los peligros de la vanagloria, la mundanidad y el exhibicionismo. Lo ha hecho en un discurso en el que ha  diagnosticado quince patologías que acechan no sólo a la Curia sino a cualquier comunidad cristiana. Todos los peligros giran en torno a ese pecado de soberbia, consistente en mirarse demasiado el ombligo y dejar de lado a Dios y a los hermanos.Habla el Papa Francisco, entre otras cosas, del endurecimiento mental y espiritual, de las instituciones que se encierran en sí mismas, planifican, trabajan a destajo, pero sin embargo son incapaces de llorar con los que lloran y de reír con los que ríen. Habla de la Curia romana, sin tapujos, y expresa un pensamiento de deseo en positivo al anhelar que sea un pequeño modelo de la Iglesia, que es capaz de autocrítica, actualización y mejora.Habla de la Curia, pero no solo de ella. Con un discurso así, Francisco está enseñando a la Iglesia entera el camino malo y también el bueno. Nos está recordando lo esencial: que si no nos alimentamos cotidianamente con la Palabra de Dios y la Eucaristía corremos el riesgo de convertirnos en meros burócratas, porque quien ha perdido la memoria de su encuentro con el Señor y depende sólo de sus propias pasiones, caprichos y manías, termina por mirarse solo a sí mismo y por levantar muros a su alrededor.

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