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Críticas de los estrenos de cine del 8 de marzo

Análisis de los estrenos de cine de esta semana: Jerónimo José Martín y Juan Orellana comentan “Oz, un mundo de fantasía”, “Las flores de la guerra”, “Los amantes pasajeros”, “El gran milagro”, “En la niebla”, “Parker” y “Dando la nota”.
Oz: un mundo de fantasía
Oz: un mundo de fantasía

Oz: Un mundo de fantasía (Oz: The Great and Powerful) **** (7,5). Es realmente audaz plantear una precuela de un clásico universal e inmortal como “El Mago de Oz”. Y más osado aún rodarla, sabiendo que millones y millones de personas custodian celosas la memoria del clásico protagonizado por Judy Garland, y van a ser espectadores tremendamente exigentes. Pero Disney tenía en mente a un productor experto en cuentos clásicos: Joe Roth, responsable de cintas como “Blancanieves y la leyenda del cazador” o “Alicia en el País de las Maravillas”. Pero había que encontrar un director que supiera combinar el más recio clasicismo con el dominio de las modernas técnicas digitales y el 3D. La elección recayó sobre Sam Raimi, responsable de la moderna y exitosa saga de “Spider-Man”. El guión debía basarse libremente en los múltiples relatos que Lyman Frank Baum escribió a principios del siglo XX sobre “El Mago de Oz”. Y se le encargó a Mitchell Kapner (“Falsas apariencias”) y a David Lindsay-Abaire, co-autor del libreto de la película de animación “Robots” y guionista de “Corazón de tinta” y “El origen de los guardianes”. Para completar los ingredientes, cuatro actores de prestigio: James Franco, Rachel Weisz, Michelle Williams y Mila Kunis.

Pero con el cine ya se sabe. No bastan los ingredientes; tiene que darse esa especie de milagro que hace que una película funcione y otra no. Y ésta ha funcionado, y lo que es más meritorio, ha gustado a los nostálgicos de Oz. La película nos explica lo que ocurrió en la Ciudad Esmeralda antes de la llegada de Dorita, nos cuenta de dónde sale la bruja y el porqué de ese farsante mago bondadoso llamado Oz. Y lo hace componiendo un permanente homenaje al clásico de la Metro de 1939. Desde ese comienzo en blanco y negro y formato 1:1,33, el recurso al tornado, el despliegue de colores o los simpáticos personajes Munchkin.

Hay dos temas centrales en esta precuela de Raimi: la fe y la memoria del padre. La fe entendida no en clave religiosa, sino como confianza en alguien y en uno mismo, como ilusión ciertamente voluntarista. Una fe considerada como energía e ímpetu, muy característica de tantas películas americanas. La fe que el Hada Glinda (Michelle Williams) tiene en Óscar Oz (James Franco) es lo que a él le va a hacer cambiar. También hay algunas alusiones religiosas, como cuando Oz le promete a Dios que va a cambiar si le da una nueva oportunidad, tema también muy americano. La cuestión de la memoria del buen padre perdido emparenta curiosamente a esta película con la “Blancanieves” de Pablo Berger. Glinda está definida por el recuerdo de su padre, asesinado por sus hijas, las brujas malas.

Además del típico arco de transformación del protagonista —que de ser un egoísta redomado, acaba descubriendo la importancia de darse a los demás—, la película se suma al homenaje que Scorsese hizo a los orígenes del cine. Si aquel celebró la magia de Meliés en “La invención de Hugo”, Raimi rememora la figura de Thomas Alva Edison y sus descubrimientos tecnológicos. También hay en la cinta ecos de los homenajes a la edad de oro del ilusionismo que fueron “El truco final (El prestigio)” o “El ilusionista”.

En definitiva, un excelente producto de entretenimiento para toda la familia, visualmente fascinante, y que se mueve en los clásicos parámetros del bien que vence al mal gracias al amor. J. O.


Las flores de la guerra (Jin líng shí san chai / The Flowers of War) **** (8). El director chino Zhang Yimou vuelve a exhibir su magistral oficio en una película de tema histórico, en la que combina la poesía de sus mejores cintas (“¡Vivir!”, “Ni uno menos”, “El camino a casa”, “Amor bajo el espino blanco”), con la aparatosidad digital de sus películas de artes marciales (“Héroe”, “La casa de las dagas voladoras”, “La maldición de la flor dorada”).

Nominada al Globo de Oro 2011 a la mejor película en habla no inglesa, “Las flores de la guerra” es la adaptación de una novela de Yan Geling titulada “Las 13 mujeres de Nankín”. El propio novelista y Liu Heng son los guionistas. A pesar de estar rodada en gran parte en inglés, es una producción china. La historia comienza el 13 de diciembre de 1937, en plena guerra chino-japonesa, cuando el ejército imperial nipón ha tomado brutalmente la capital, Nankín. Una joven narradora Shu (Zhang Xinyi) va a conducirnos por una historia trágica de dimensiones épicas. El protagonista es un embalsamador americano, John Miller (Christian Bale), que trata de llegar entre bombas a la llamada catedral de Manchester, para enterrar al párroco y cobrar por su inhumación. Al llegar allí sólo quedan las 12 alumnas de un convento católico, de unos trece años de edad cada una, y George Chen (Huang Tianyuan), un jovencito huérfano asistente del párroco. El licencioso y borracho John decide a regañadientes proteger a esas chicas, ya que el ejército japonés, comandado por el Coronel Hasegawa (Atsuro Watanabe), rodea el edificio, aunque por razones misteriosas no parece querer violentar a sus habitantes. La historia se complica cuando doce jóvenes prostitutas de un famoso burdel corren a refugiarse en la catedral. John tiene que hacerse pasar por sacerdote para gestionar esa delicada situación, que tendrá un conmovedor y tremendo desenlace.

Lo primero que hay que advertir es que se trata de una película tremendamente dura, con situaciones muy fuertes, sin que ello signifique que Yimou pierda la elegancia que le caracteriza. Nos muestra los horrores de una guerra genocida, que ya vimos en películas como “Ciudad de vida y muerte” (Lu Chuan, 2009), una guerra en la que la violación de mujeres era una práctica muy extendida entre los soldados invasores. Se agradece que Yimou sea mucho más arriesgado al mostrar la violencia de las armas, y mucho más delicado con las violaciones, que nunca se filman explícitamente.

“Las flores de la guerra” es fundamentalmente una historia de redención. John se ve obligado a convertirse en “padre”, no sólo porque empiece a vestir sotana, sino porque las circunstancias le llevan a asumir un rol de paternidad: tiene que cuidar, proteger, dar esperanza, atender necesidades… y salvar a esas personas, incluso poniendo en peligro la propia vida. Además, muchos personajes tienen una historia dolorosa con su padre biológico: o le han perdido, o tuvieron con él una relación traumática. Esa paternidad sobrevenida le hace a John encontrar un sentido a su errática existencia, y le lleva incluso a recurrir al Padre con mayúscula, con el que no tenía ninguna relación desde pequeño. La paternidad tiene otro referente interesante en el personaje del colaboracionista Sr. Meng (Kefan Cao), un padre incomprendido por su hija, pero que sólo piensa en salvarla.

Otro elemento clave en la construcción dramática del filme es el sacrificio. Las prostitutas y John van comprendiendo que hay una posibilidad de redención en sus vidas, y que esta pasa por el sacrificio, un sacrificio que sirva para salvaguardar la poca inocencia que aún queda en aquel infierno. Todo el pecado de los personajes se va transformando en el altar del sacrificio, y lo que empieza como un abanico de mezquindad termina como un racimo de amor que brota a borbotones.

La simbología visual del filme, muy profusa como siempre en Yimou, tiene un referente privilegiado: todas las vidrieras y especialmente la vidriera del rosetón, que es como el ojo luminoso de Dios que lo ve todo. Una vidriera que une el mundo de la luz de la salvación con el tenebroso ámbito de la muerte y el horror. Los personajes que viven en la Catedral son los únicos que pueden verse bañados por esa Luz alegre que viene de lo alto. De hecho, el plano final tomado desde la vidriera polícroma del rosetón puede verse como una esperanzada metáfora de la entrada al Paraíso, el lugar de la Luz donde las cosas vuelven a ser bellas después de haber vencido a la muerte.

Musicalmente, la película es un prodigio. Yimou logra una hermosa simbiosis entre el gregoriano y la melodía china del violín oriental de Joshua Bell, entre la música sacra occidental y la partitura oriental de Qigang Chen. Tanto en la banda sonora como en la fotografía, Yimou consigue una armonía entre la estética cristiana y su tradición china, en la que se nota que él está especialmente cómodo, y para el espectador es un testimonio de belleza incardinada en una historia llena de odio y amor por partes iguales. Una obra monumental. J. O. (Alfa y Omega).




Los amantes pasajeros * (3). Nunca me ha entusiasmado el cine de Pedro Almodóvar. Pero, al menos, el dos veces oscarizado cineasta manchego me hizo reír con “Mujeres al borde de un ataque de nervios”, me conmovió con “Todo sobre mi madre” —para mí, su mejor película— y me interesó a ratos con “Volver”. Ahora, me ha aburrido e irritado a partes iguales con “Los amantes pasajeros”, quizás la peor de todas las películas de Almodóvar.

Por un estúpido error humano, un avión que parte de Barajas con dirección a México tiene bloqueado parte de su tren de aterrizaje. Así que el comandante Álex Acero (Antonio de la Torre) y el copiloto Benito Morón (Hugo Silva) deciden drogar a la clase turista y a las azafatas —para evitar altercados—, y se dedican a dar vueltas por toda España a la espera de encontrar una pista en la que poder aterrizar. Mientras tanto, Joserra (Javier Cámara), Fajas (Carlos Areces) y Ulloa (Raúl Arévalo), los desinhibidos “azafatos” de primera clase, todos ellos homosexuales, intentan mantener entretenidos a sus variopintos viajeros: la vidente Bruna (Lola Dueñas), el famoso actor Ricardo Galán (Guillermo Toledo), una pareja en su viaje de novios (Miguel Ángel Silvestre y Laya Martí), el siniestro mexicano Infante (José María Yazpik), la antigua estrella del destape Norma Boss (Cecilia Roth) y el Sr. Más (José Luis Torrijo), un empresario corrupto que huye del país.

Por fuera, “Los amantes pasajeros” parece una mala comedia, desmelenada y en versión gay, del destape “made in Spain” de hace cuarenta años. Rodada sin pulso ni ritmo, padece unas interpretaciones histriónicas hasta lo grotesco, una planificación descuidada y una chillona fotografía de José Luis Alcaine. Hasta la música del maestro Alberto Iglesias tiene esta vez escasa personalidad.

Y, por dentro, la película toca fondo por culpa de su frívola hipersexualización de todas las situaciones, hasta el punto de que presenta la búsqueda del mero placer físico como el único motor de la mayoría de los personajes. En esta misma línea hedonista y superficial se enmarcan su irresponsable complacencia con las drogas y sus ofensivos sarcasmos contra la moral cristiana, la Iglesia católica, toda la clase política y empresarial, y el Rey.

De esta manera, se devalúan las potencialidades iniciales de la película como ácida fábula moral en torno a la penosa situación política y social de la España actual. Y, además, su humor irreverente y zafio va perdiendo chispa hasta rozar lo patético en escenas como el numerito musical al ritmo de “I’m So Excited”, de las Pointer Sisters. Se salvan, quizás, el brevísimo prólogo con Antonio Banderas y Penélope Cruz, la melodramática escapada fuera del avión con Paz Vega, Blanca Suárez y Carmen Machi, así como algunas réplicas esporádicas —muy pocas—, en las que lo inteligente y lo sutil se imponen sobre lo estridente, lo esperpéntico, lo escatológico y lo grosero. J. J. M.




El gran milagro *** (6,5). Mónica es una joven viuda con un niño de nueve años al que debe sacar adelante. Chema es un veterano conductor de autobuses que tiene un hijo gravemente enfermo. Y Doña Cata es una bondadosa anciana que siente que su misión en la vida ha terminado. La historia de estos tres personajes en crisis se entrelaza en una iglesia, durante la celebración de la Misa. Con la ayuda de sus respectivos ángeles de la guarda —que se les aparecen visiblemente como tales—, todos ellos serán testigos del verdadero significado de la Eucaristía, de la lucha constante entre demonios y ángeles, y del triunfo de la fe, encontrando así un oasis de paz en medio de su dolor.

Dos años después de su éxito en México, se estrena en España esta singular película de animación, especialmente dirigida al público familiar y que se basa en las revelaciones particulares de diversos místicos. Ciertamente, pesa mucho la bajísima calidad de su animación 3D, así como la premeditada explicitud de sus mensajes catequéticos, poco apta para ciertas sensibilidades, que prefieren la insinuación sutil al sermón a la vieja usanza, y el testimonio cotidiano del cristianismo a la efusión mística, a menudo inquietante y confusa.

Sin embargo, esa explicitud recuerda al estilo pedagógico de pintores como El Bosco o Pieter Brueghel el Viejo, así como a los impactantes pasajes entre oníricos e hiperrealistas de “La Pasión de Cristo”, de Mel Gibson. Y, desde luego, se asienta en una ágil y eficaz planificación, en la que el veterano animador estadounidense Bruce Morris —que aquí debuta como director de largometrajes— despliega la rica experiencia que ha adquirido en diversos departamentos de películas de la talla de “Basil, el ratón superdetective”, “La sirenita”, “Pocahontas”, “Hércules”, “La espada mágica: En busca de Camelot”, “Buscando a Nemo”, “Tiana y el sapo”, “Planet 51” o la inminente “Jack el caza gigantes”. Además, el guión de Luis de Velasco está dialogado con veracidad, perfila a fondo a los personajes, desarrolla con vigor sus conflictos dramáticos y morales, y realiza un meritorio repaso, profundo y asequible a la vez, de las principales verdades del credo católico: la Encarnación de Jesucristo, la Eucaristía como centro de la vida del cristiano, el sacramento de la Confesión, el valor de la oración, la intercesión de la Virgen, los santos y los ángeles, la realidad del pecado y de los demonios, la actitud cristiana ante el sufrimiento, el Cielo, el Infierno y el Purgatorio… Unas verdades, por cierto, enfocadas desde una perspectiva laical, poco clerical, muy pegada al día a día de un cristiano corriente de hoy y ahora.

Es una pena que sea de tan baja calidad la animación de esta película, pues este defecto limita notablemente sus grandes posibilidades como medio de evangelización entre un público muy amplio, sobre todo católico. De todas formas, tal y como están, sus directos y radicales mensajes resultan muy impactantes —también emocionalmente—, y muestran a su manera la belleza y grandeza de la religión católica, y especialmente de la Santa Misa. J. J. M.




En la niebla (In the Fog / V humane) *** (6,5). Frontera bielorrusa de la Unión Soviética, 1942, bajo ocupación alemana. El campesino y trabajador del ferrocarril Sushenya (Vladimir Svirskiy) es acusado injustamente de colaboracionismo, y hasta su esposa Anelya (Yuliya Peresild) duda de él. Así que nadie hace nada cuando dos partisanos comunistas, Burov (Vladislav Abashin) y Voitik (Sergei Kolesov), le detienen en su casa y se lo llevan al bosque con la intención de ejecutarlo allí. Pero las cosas se complican.

Premio de la FIPRESCI en el Festival de Cannes 2012, este segundo largometraje de ficción del documentalista bielorruso Sergei Loznitsa (“Schastye moe”) adapta la novela homónima de su compatriota Vasiliy Vladimirovich Bykov. Muy bien rodada, sin acompañamiento musical e interpretada con apabullante contención, la película indaga con hondura en la irracionalidad y la crueldad que genera cualquier guerra, al tiempo que muestra las diferentes motivaciones psicológicas y morales de sus tres protagonistas, sobre todo a través de varios flashbacks, introducidos en la trama principal sin solución de continuidad.

Gracias a la espléndida fotografía del rumano Oleg Mutu (“4 meses, 3 semanas, 2 días”), el resultado es visualmente sobresaliente, y recuerda a ratos al cine de los rusos Andrei Tarkovski —sobre todo a “La infancia de Iván”— y Elem Klimov, especialmente a “Masacre (ven y mira)”. En este sentido, hay que elogiar el impresionante plano secuencia inicial, así como alguna que otra secuencia ya avanzado el metraje. Sin embargo, el filme se ve gravemente debilitado por su desenlace fatalista —abrupto y poco preparado— y, sobre todo, por su tediosa morosidad narrativa, sin duda, excesiva. J. J. M.




Parker ** (5,5). Parker (Jason Statham) es un eficaz ladrón con un código ético muy particular: sólo roba a quienes pueden permitírselo, no hace daño a gente que no lo merece y siempre se mantiene fiel a su novia Claire (Emma Booth). Pero su equipo (Michael Chiklis, Clifton Collins Jr. y Wendell Pierce) le traiciona y le da por muerto. Entonces, Parker asume una nueva identidad, y decide vengarse de sus antiguos compañeros haciéndose con su último botín. Le ayudarán su mentor Hurley (Nick Nolte) y Leslie (Jennifer Lopez), una bella pero patosa agente inmobiliaria de Palm Beach.

El veterano cineasta californiano Taylor Hackford (“Noches de sol”, “Pactar con el diablo”, “Ray”) se pone al servicio de la estrella de acción Jason Statham y de la cantante y actriz Jennifer Lopez en esta correcta adaptación de la novela “Flashfire”, la primera de la popular saga criminal sobre el ladrón Parker, escrita por el neoyorquino Donald E. Westlake bajo el pseudónimo de Richard Stark. El guión de John J. McLaughlin (“Cisne negro”) es bastante ágil, está muy bien dialogado y oxigena hábilmente la acción y el drama con eficaces golpes de humor. Por su parte, Hackford, sin grandes alardes, cumple tras la cámara y dirige con rigor a todos sus actores. Sin embargo, el conjunto se ve debilitado por la escasa originalidad del argumento —mil veces visto—, por sus artificiosas concesiones eróticas —metidas con calzador— y, sobre todo, por su explícito tratamiento de la violencia, a ratos, desagradable. J. J. M.




Dando la nota (Pitch Perfect) ** (5,5). En la Barden University es tradicional que existan varios grupos de canto “a capella”. Frente a grupos más vanguardistas, las Barden Bellas, dirigidas por Aubrey (Anna Camp, “Criadas y señoras”) se mantiene fiel a un estilo rancio y aburrido, propio de décadas pretéritas. Todo cambia cuando llega Beca (Anna Kendrick), una solitaria chica, de padres divorciados, que sueña con ser productora musical. Sus ideas renovadoras chocarán con el liderazgo agresivo de Aubrey, sobre todo a medida que se acerca la fecha del gran concurso nacional.

Esta cinta del director de teleseries Jason Moore se encuentra a medio camino entre las modernas comedias disparatadas universitarias, prolongación de las de institutos, y el musical, en su versión “concurso”. Aunque lo vulgar y soez tiene su cuota, ésta se encuentra, afortunadamente, bastante por debajo de lo habitual en el subgénero. Las actrices han sido reclutadas de subproductos del género, como Alexis Knapp, a la que vimos en la delirante “Proyect X”; Brittany Snow, que recordamos de “Todas contra él”, o Rebel Wilson, que asume el mismo rol que en “Despedida de soltera”, a saber, la gordita del grupo. La protagonista, Anna Kendrick, es parte del proceso de recolocación de los intérpretes (normalmente mediocres) de la saga “Crepúsculo”. Aquí se demuestra que, a pesar de su contención, tiene muchos más registros y trasmite mejor que Kristen Stewart, y que bien podría haber asumido su papel en la saga vampírica.

La película es una adaptación de la novela “Pitch Perfect”, de Mickey Rapkin, y aborda cuestiones como la relación padre-hija, la necesidad de pertenencia, la apertura al otro, la oportunidad de rectificar y pedir perdón..., asuntos parca pero positivamente tratados, empañados sólo por la cuota gruesa y escatológica del subgénero, y el imprescindible guiño —ciertamente discreto— a la ideología de género. Desde el punto de vista estético, lo mejor son los números musicales, donde los intérpretes dan la talla. Y, aunque el desarrollo y el final son clamorosamente previsibles, la cinta está por encima de la media, si tenemos en cuenta las joyitas estrenadas últimamente de veinteañeros insufribles. J. O.