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'Mamá', el primer largometraje de Andy Muschietti

Críticas de los estrenos de cine del 8 de febrero

Análisis de los estrenos de cine de esta semana: Jerónimo José Martín y Juan Orellana comentan “Gangsters Squad”, “No”, “Mamá”, “Las ventajas de ser un marginado”, “Muertos de amor”, “Entre maestros” y “Marina Abramovic. The Artist Is Present”.
Gangster Squad
Gangster Squad

Gangster Squad (Brigada de élite) *** (6). Los Ángeles, 1949. Amparado por sus matones y numerosos policías, jueces y políticos corruptos, el cruel mafioso judío Mickey Cohen (Sean Penn) controla la ciudad gracias a los enormes beneficios que obtiene de las drogas, las armas, la prostitución y todas las apuestas que se hacen al oeste de Chicago. Hasta que Parker (Nick Nolte), el veterano Jefe del Departamento de Policía de Los Ángeles, encarga al duro sargento John O’Mara (Josh Brolin) que forme en secreto una brigada de élite para luchar sin cuartel contra Cohen. Y, así, recluta al legendario pistolero Max (Robert Patrick), a su amigo el chicano Navidad Ramirez (Michael Peña), al implacable policía afroamericano Anthony Mackie (Coleman Harris), al pacífico especialista en micrófonos Conway (Giovanni Ribisi) y al mujeriego Jerry Wooters (Ryan Gosling), que acaba de liarse con Grace (Emma Stone), la mismísima amante de Mickey Cohen.

Después de darse a conocer con las comedias disparatadas “Bienvenidos a Zombieland” y “30 minutos o menos”, el estadounidense Ruben Fleischer da un giro a su carrera con esta singular película policiaca, basada en el libro “Gangster Squad”, de Paul Lieberman. Se trata de un especie de parodia-homenaje a los filmes clásicos de gángsters y policías, pero pasados por el tamiz de sus dos grandes revisitaciones contemporáneas —“Los Intocables de Eliot Ness” (1987), de Brian De Palma, y “L.A. Confidential” (1997), de Curtis Hanson—, y aderezados finalmente con unas cuantas gotas del humor negro a lo “Pulp Fiction” (1994), de Quentin Tarantino. El cóctel resultante es entretenido, con algún que otro diálogo jugoso, vistoso en su recreación de época y en sus aparatosos tiroteos —algunos, muy violentos—, pero narrativamente irregular, dramáticamente ligero y, en general, muy inferior a sus referentes. La culpa la tiene sobre todo el tono del guión de Will Beall, excesivamente cercano al de los cómics pulp —aquí “Dick Tracy” (1990), de Warren Beatty, es otro modelo—, que obliga a los actores a un cierto histrionismo —sobre todo a Sean Penn— y desdibuja demasiado los interesantes conflictos morales, sentimentales y familiares de los policías protagonistas. En todo caso, queda un digno producto palomitero, que gustará al que no le exija demasiado. J. J. M.



NO **** (7,5). Conocido sobre todo por sus novelas “Ardiente paciencia (El cartero de Neruda)” y “El baile de la victoria” —llevadas al cine por Michael Radford y Fernando Trueba, respectivamente—, el chileno Antonio Skármeta comenzó a escribir su obra de teatro “El plebiscito” en 1988, al poco de la derrota del dictador chileno Augusto Pinochet. En dicha pieza inédita y nunca representada se ha basado su compatriota Pedro Peirano para escribir el guión de “NO”, Premio Quincena de Realizadores en Cannes 2012 y ganadora del Festival de La Habana 2012, que ahora opta al Oscar 2012 al mejor filme en lengua no inglesa. Con esta vibrante tragicomedia, Pablo Larraín (“Fuga”) completa su Trilogía de la Dictadura —iniciada con “Tony Manero” y “Post-Mortem”—, y se consolida como el cineasta chileno más destacado en la actualidad.

Ante la presión internacional, Pinochet organiza en 1988 un referéndum de apoyo a su presidencia, con libertad para hacer campaña en contra. Durante 27 días, ambas posiciones dispondrán de 15 minutos de la franja televisiva de mayor audiencia para convencer a los votantes. Entonces, los líderes de la oposición al régimen —desde los demócrata-cristianos a los comunistas— superan sus profundas diferencias y acuerdan organizar una campaña conjunta a favor del NO a la continuidad de Pinochet por ocho años más. Finalmente, se la encargan a René Saavedra (Gael García Bernal), un joven y atrevido ejecutivo publicitario, que contará con recursos muy limitados y sufrirá el férreo control de la policía. Además, la propuesta de Saavedra y su equipo choca con las reticencias de los opositores más beligerantes, pues plantean una campaña moderna, optimista, divertida y no combativa, sustentada en la festiva canción “Chile, la alegría ya viene”, del grupo Sol y Lluvia, con un planteamiento similar al de “Libertad sin ira”, la canción del grupo onubense Jarcha, que se convirtió en icono de la transición española.

Desde el punto de vista formal, acierta Larraín al narrar la historia como si fuera un reportaje periodístico, con permanente cámara en mano y abundantes fragmentos documentales, incluida la aparición del ex-presidente de la República Patricio Aylwin. Esta opción narrativa y la premeditada filmación de la película en el paupérrimo soporte de vídeo U-matic 3:4 —que se usaba a finales de los años 80 del siglo pasado— y en formato 4:3 provocan que su puesta en escena e incluso las interpretaciones parezcan un tanto descuidadas; pero favorece la veracidad de la historia e imprime al filme una creciente progresión dramática, que capta la atención del espectador.

El otro gran acierto de Larraín es haber adoptado una perspectiva decididamente antipinochetista, pero nada ideológica o partidista, y sin recurrir demasiado a la caricatura cruel o al trazo grueso en sus retratos de los defensores del general chileno o de los sectores más radicales de la oposición. En este sentido, “NO” adopta el mismo tono tragicómico, ponderado, inteligentemente irónico y positivo de la propia campaña publicitaria que recrea, cuya tumbativa eficacia es una de las causas de que Chile lleve más de 20 años viviendo en democracia. Queda así una película interesante, entretenida y nada enfática, con interesantes subtramas románticas y dramáticas, muy alejada de los apolillados y sectarios panfletos marxistas de hace décadas. J. J. M.



Mamá *** (6,5). El director argentino afincado en Barcelona Andy Muschietti debuta en el largometraje con esta película hispano-canadiense, producida por Guillermo del Toro y basada en el corto homónimo de Andy y su hermana Bárbara. Se trata de una película de terror protagonizada por Jessica Chastain, y que cuenta la historia de dos hermanas abandonadas en un bosque y que logran sobrevivir gracias a una extraña presencia a la que ellas conocen con el nombre de Mamá.

La factura técnica del filme es impecable, y al menos en sus tres cuartas partes se puede decir que es una cinta de género de primera división. “Mamá” es un conglomerado de referentes culturales. Su metafísica del terror no es puramente occidental. Ciertamente, parte del clásico concepto del “alma en pena”, el alma de un difunto que vaga esperando que se repare una injusticia, idea que sustenta clásicos como “El sexto sentido” o la británica “La mujer de negro”. Se trata de una metafísica sobrenatural que desdibuja la categoría teológica del Purgatorio, pero sin llegar a ser incompatible con una visión cristiana del más allá. Sin embargo, a esta base tradicional, en los últimos años se han ido sumando ingredientes orientales, concretamente japoneses, tanto en lo estético como en lo conceptual. Así, en “Mamá”, la configuración física de los personajes fantasmagóricos se inspira claramente en cintas como “The Ring” (“Ringu”, Hideo Nakata, 1998) o “La maldición” (“Ju-On”. Takashi Shimizu, 2000). Pero no se trata sólo de una apropiación estética sino también de una contaminación metafísica. El “más allá” de la tradición nipona del terror es tremendamente fatalista y ateo. La redención típica de la fantasmagoría occidental aquí es sustituida por un pozo sin fondo, un túnel sin salida. En ese sentido, “Mamá” tiene un desenlace tristemente irreal, y propone una clausura insatisfactoria de la historia. Si no hay un “Tú” al otro lado del túnel, sólo queda inventar una poesía mágica y esotérica de difícil digestión. Por eso no es casual encontrar semejanzas entre el desenlace de “Mamá” y algunos pasajes oscuros de la saga de “Harry Potter”.

Si exceptuamos este discutible final, el resto del largometraje está rodado con mucha fuerza y precisión, con una construcción de encuadres y un excelente uso del fuera de campo que bebe del mejor Hitchcock. Algunas secuencias, completadas digitalmente, como la huida y accidente iniciales, son sencillamente asombrosas. A pesar de que no se pueda clasificar la cinta como gótica, sí recurre a muchos elementos convencionales del género, pero sin abusar de ellos, de forma que la estructura estética y dramática del filme parece levantarse más sobre los referentes del thriller que sobre los del terror. Y su genialidad está en que, sin embargo, es a menudo escalofriante.

La actriz Jessica Chastain realiza su mejor papel desde “El árbol de la vida”, y encarna a un personaje sólido, por cierto el único que se refiere a Dios como un “Tú”, un personaje que vive un interesante arco de transformación hacia la maternidad. Otro personaje interesante es el Dr. Dreyfuss (Daniel Kash), que interpreta al científico que no hace ascos a utilizar a las personas y su sufrimiento para conseguir sus fines como investigador. Las niñas protagonistas (Megan Charpentier e Isabelle Nélisse) son extraordinarias, y el famoso actor español Javier Botet, especializado en personajes monstruosos, es muy eficaz en su papel de Mamá. J. O.



Las ventajas de ser un marginado (The Perks of Being a Wallflower) *** (6,5). Detrás de este título un tanto impreciso, se esconde un largometraje que en parte se podría definir como “película de instituto”, pero que ciertamente es algo más. Se trata de la adaptación que Stephen Chbosky hace de su propia novela homónima, de género epistolar y escrita en 1999.

Ambientada en 1991, cuenta la historia de Charlie (Logan Lerman), un chaval de quince años que acaba de terminar una psicoterapia a causa de un suceso turbio y traumático de su infancia relacionado con una tía suya. Ilusionado por empezar una etapa diferente de su vida en un nuevo instituto, allí conoce a Patrick (Ezra Miller) y a su hermanastra Sam (Emma Watson). Un poco mayores que él, ellos se convierten en su principal punto de referencia afectivo, y le introducen en el mundo de la adolescencia, incluido el amor, el alcohol y la sexualidad. Su punto de apoyo adulto será su profesor de Inglés, el Sr. Anderson (Paul Rudd), que fomenta su sueño de ser escritor.

La película quiere ser una historia de maduración en un mundo de viejas heridas, batallas perdidas, padres semiausentes y pasados sin resolver. Y, en ese sentido, es una apuesta seria, que mira de frente la soledad y la necesidad del ser humano de encontrar un “lugar”, una compañía humana a la que pertenecer. La cuestión es que todos los personajes de esta historia están atravesados por las preguntas sin respuesta, y aun en los supuestos momentos de euforia, el sabor de fondo que queda es siempre la nostalgia de una promesa no cumplida. El peaje de la subtrama homosexual está presente, pero contagiado de la misma tristeza insatisfecha. El pobre Charlie sucumbe a una confusión de sentimientos contradictorios, de luchas internas, aunque al final quiere hacer un balance positivo.

La película como tal se deja ver, y confirma a Emma Watson como una actriz que tiene mucho recorrido más allá del personaje de Hermione Granger que le abrió la puerta grande del cine. Sin duda se han matizado aspectos que en la novela son más explícitos, seguramente para esquivar una calificación que excluya al público supuestamente natural de este drama adolescente. De todas formas —y sin menoscabo de su interés— no deja de ser cine de autor, más bien minoritario, y ciertamente de segunda división. J. O.



Muertos de amor * (3). Ángel Peláez (Javier Veiga) es un hombre muy celoso. Desde que perdió el brazo en un accidente, y con el brazo su empleo de camarero en el Hotel Ritz, se pasa el día imaginando que Reme (Marta Hazas), su guapa esposa, le traiciona con la mayoría de los hombres que se cruzan en su vida: el ginecólogo, el carnicero, el librero que le recomienda novelas de amor… A su sufrido psiquiatra, Carlos (Iván Massagué), le torra con sus patológicas sospechas de que todos ellos son amantes potenciales de Reme. Además, Ángel no puede dar un hijo a su mujer, y no encuentra un trabajo adecuado a su minusvalía. De modo que el hombre se vuelva cada vez más irascible, y paga todas sus frustraciones con Reme. La única vía de escape de ella son las cutres novelas románticas de Jacinto Camacho. Un día, Reme encuentra trabajo como camarera en el prestigioso restaurante de Gabriel Cavestany (Ramón Esquinas), famoso cocinero y donjuan convencido, que se fija irremisiblemente en ella.

Basado en la novela de Carlos Cañeque, este primer largometraje del español Mikel Aguirresarobe tenía suficientes elementos para construir una divertida tragicomedia de enredo. Pero los esfuerzos del director y de los actores —sobre todo de la pareja protagonista— se diluyen en una descuidada puesta en escena, muy televisiva, y en un guión deslavazado, reiterativo y tópico, cuyos golpes de humor tienen muy poca gracia, especialmente los centrados en las patéticas imaginaciones de Ángel y Reme. Además, recurre con demasiada frecuencia a un humor muy zafio, con abundantes referencias sexuales, que transmiten una visión muy hedonista de la vida. J. J. M.

Entre maestros *** (6,5). Desmotivados por la educación que han recibido en la escuela convencional, un grupo de adolescentes asisten durante doce días a unas clases especiales de Manuel González, pedagogo y profesor de Matemáticas y Física, autor del libro “23 maestros del corazón. Un salto cuántico en la enseñanza”. De un modo sugerente y agresivo a la vez, González intenta despertar en ellos la capacidad de conocerse, creando un ambiente que ayude a sus alumnos a descubrir las enormes potencialidades que habitan en su interior.

Este documental del español Pablo Usón resulta interesante como constatación de las profundas carencias afectivas de numerosos adolescentes actuales, incapaces de afrontar los desafíos vitales más básicos, sobre todo si han sufrido una infancia terrible, como les sucede a varios de los que aparecen en el filme. Sus sinceros testimonios a corazón abierto generan unas cuantas secuencias de desgarradora emotividad, también por la solidaria reacción del profesor y del resto de estudiantes. En este sentido, cabe elogiar el provocativo método pedagógico de Manuel González, que logra que esos adolescentes den un paso adelante para recuperar la autoestima, salir de sí mismos y abrirse a los demás. Pero la cosa se queda ahí. No hay una mayor reflexión sobre la necesidad de una sólida formación moral de los jóvenes en la familia y la escuela. Y, en este punto, la experiencia que retrata el documental se queda corta. Eso sí, se agradece que el profesor reconozca que él mismo ha aprendido muchas cosas durante esos intensos doce días. J. J. M.



Marina Abramovic: The Artist Is Present ** (5,5). Este documental de Matthew Akers (“Nimrod Nation”) sigue los pasos de la polémica artista serbia Marina Abramovic (Belgrado, 1946) mientras prepara y desarrolla lo que fue el momento culminante de su carrera: la gran retrospectiva de su obra que realizo en 2010 el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), precisamente bajo el título “Marina Abramovic: The Artist Is Present”. De paso, la película ofrece leves pinceladas de su vida y de su apasionada defensa de la performance como un arte en el que el propio cuerpo del artista —a menudo, desnudo— se expresa con gran intensidad y provoca al espectador hasta arrancarle una emoción relacionada con algunas de las fascinantes y a veces contradictorias facetas de la naturaleza humana. Así, se muestra a la Marina decidida, a la frágil, a la hedonista, a la espiritual, al tiempo que se relaciona cada una de ellas con su dura infancia —en la que recibió muy poco cariño de sus padres, unos rigurosos partisanos yugoslavos—, su contradictoria formación —a cargo de su distante madre comunista y su religiosa y cariñosa abuela—, su apasionada y traumática relación sentimental con el también artista Ulay —Uwe Laysiepen—, sus esfuerzos durante cuarenta años por difundir la performance como arte… Todo ello, ilustrado con valioso material de archivo y abundantes entrevistas a la propia Marina y los principales implicados en su historia.

Aunque no esconde ciertos rincones oscuros de la personalidad de Marina Abramovic, la película mantiene en todo momento un tono más bien hagiográfico, y deja poco espacio para los que no consideran verdadero arte —por la explícita obviedad de su mensaje— muchas de sus provocativas, extremas y obscenas performances, muchas de ellas, ciertamente desagradables: un hombre y una mujer chocan sus cuerpos desnudos entre sí o contra las paredes hasta la extenuación; o permanecen días y semanas sentados, mirándose, sin moverse, sin comer, ni hablar; o la artista grita hasta perder la voz; o se autolesiona el abdomen con un cuchillo, o se flagela, o permanece desnuda abrazada a un esqueleto real… En este sentido, tiene mucho más interés la segunda parte de la película, centrada en la memorable retrospectiva de la artista en el MoMA. Durante tres meses, más de 750.000 personas visitaron la exposición, en la que varias decenas de jóvenes artistas recreaban las más famosas performances de Marina Abramovic, mientras ésta, ya con 63 años, durante siete horas y media al día, seis días a la semana, permanecía sentada inmóvil en una silla, mirando en silencio a quien quisiera ponerse enfrente de ella. Además de las apariciones de los actores James Franco y Orlando Bloom, esos pasajes deparan momentos muy emotivos, como la reconciliación de Marina con Ulay o la sorprendente reacción hasta las lágrimas de muchas personas al sentirse miradas a los ojos con tal intensidad, seguramente porque ellos mismos afrontan tragedias personales que salen a la luz en esa situación tan singular. Otra cosa es que quepa considerar como arte ésa y las demás performances de Marina Abramovic, en las que, ciertamente, la artista está presente, quizás demasiado. J. J. M.

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