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Corrupción, corrompidos y corruptores

La dimisión de la ministra de Sanidad, Ana Mato, plantea la disyuntiva a la que se enfrenta la vida política española: o se ataca la corrupción de frente y sin complejos o España se precipita en el abismo del populismo. Este planteamiento puede resultar dramático, porque la ministra no ha dimitido por estar imputada en el “caso Gurtel”, sino solo por haberse beneficiado de las actividades corruptas de su ex marido. Pero el estado de crispación social hace que la más mínima sospecha de corruptela resulte insoportable en un país que, en breve, será llamado a votar a sus futuros dirigentes. Por eso sería deseable  que el debate sobre la corrupción desarrollado esta mañana en el Congreso  concluya con un consenso para afrontar de raíz este problema.   La corrupción, o la más mínima “rapacería”, como indicaba el presidente  Rajoy en el debate, no existiría si no hubiese corruptores, corrompidos, y un clima que los facilite. Por eso es necesario un esfuerzo de regeneración moral que no puede afectar sólo al mundo de la política. Por otro lado, se hace imprescindible una agilización de la Justicia que impida la especulación, la sospecha y la insidia a lo largo del tiempo, como ha ocurrido en el caso de Ana Mato y de otros líderes de la oposición, que sin embargo no han dimitido. Cierto es que no puede hablarse de una corrupción generalizada, a pesar de un clima de sospecha que empieza a ser enfermizo en nuestra sociedad. Razón de más para que gobernantes y legisladores lo aborden con decisión y espíritu de acuerdo.     

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