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Línea Editorial 29/06/2014

A cien años de la Gran Guerra

Las crónicas describen el verano de 1914 en Centroeuropa como extraordinariamente apacible. Tras la conmoción inicial por el asesinato del archiduque Francisco Fernando el 28 de junio en Sarajevo, la vida volvió al mismo clima despreocupado. Y no sin motivos. Nunca antes había conocido Europa un progreso material y científico semejante. En un ambiente cultural marcadamente cosmopolita, el alto grado de integración económica y comercial entre las potencias occidentales hacía presagiar un estado de paz perpetua. En unas semanas el conflicto diplomático por el magnicidio del heredero austrohúngaro derivó en una guerra de una crudeza jamás vista, con más de 10 millones de muertos. Una generación después, en 1939, estallaba la Segunda Guerra Mundial, con entre 5 y 7 millones de muertos. La culpa, una vez más, fue de ideologías como el nacionalismo y el comunismo, combinadas de distintas maneras en la URSS, la Alemania nazi o la Italia fascista. Esas ideologías llenaron el vacío dejado por el desapego en amplios sectores sociales a los antiguos valores y tradiciones, y se revelaron como un terrible instrumento para la manipulación de las masas. El 1 de septiembre, se conmemorará el 75 aniversario de la invasión nazi de Polonia, otra efeméride que nos debería hacer reflexionar sobre la necesidad de un orden social con fundamentos morales sólidos. Si algo enseña la experiencia de la Gran Guerra es que cuando faltan esos cimientos se abre la caja de Pandora de las ideologías, y de la noche a la mañana todo puede venirse abajo.

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