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Arde el barrio de Sants

De 

Dicen los sociólogos que en los próximos años los asuntos más candentes de la vida pública se decidirán en los barrios. Parece que ésta es una de las tendencias derivadas de un proceso irreversible de globalización que provoca su efecto contrario: el deseo de regresar a micro espacios de convivencia. Esta tendencia social, en ningún caso podría confundirse con las pretensiones reales del viejo movimiento okupa, tal como algunos pretenden explicarnos desde que el pasado lunes estallara en el barioo barcelonés de Sants una verdadera revuelta callejera después del desalojo de Can Vies. Lo que sucede en Barcelona es un asunto que tiene que ver con la ocupación de las calles por parte de grupos violentos, próximos a la lucha anarquista, que usan las fórmulas tradicionales de la guerrilla urbana. La decisión y la oportunidad del Ayuntamiento de Barcelona es discutible. Lo que no es discutible es que en Europa esté floreciendo de nuevo una cultura de la revolución que legitima y sacraliza el uso de la violencia como modo de presencia pública y como estrategia de cambio social. Lo sucedido en Barcelona no es una anécdota cuando la policía demuestra que se trata de un estallido perfectamente planeado y sostenido por una red de grupúsculos entrenados que operan dentro y fuera de España. Nuestras democracias se enfrentan a un enorme desafío que exige anticiparse y tomar medidas no solo policiales, sino educativas y políticas. La Europa de los sesenta y setenta del siglo pasado ofrece suculentas lecciones de las que hay mucho que aprender.

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