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Ante el fatalismo generalizado

Dentro de la profunda crisis moral, en la que hunden sus raíces aquellas otras crisis de las que más se habla, hay una que mina con particular fuerza cualquier intento de ponernos en pie y volver a empezar de nuevo. Se trata de la crisis de confianza, una suerte de fatalismo generalizado, consistente en que poco o nada se puede hacer ante el panorama desolador que nos rodea.  A este respecto, el Papa ha dado en el clavo al proponer de nuevo la íntima relación existente entre fe y caridad. De la crisis se sale aplicando la lógica del don, no la del egoísmo. Hay que estar atentos a las necesidades de los demás, especialmente de aquellos que se encuentran en una situación más precaria.La caridad es imprescindible, pero no podemos caer en la trampa de reducirla a la solidaridad o a una simple ayuda humanitaria. Una fe sin obras es como un árbol sin frutos, pero un activismo moral privado de la raíz de la fe, corre el riesgo serio de agostarse o de convertirse en un humanismo genérico e infecundo. Por eso ninguna acción es más benéfica para el prójimo que hacerle partícipe de la Buena Noticia. El sí de la fe marca un punto de inflexión, el comienzo de una luminosa historia que llena la existencia de plenitud y sentido, y que vivida y testimoniada adecuadamente, tiene una incidencia social decisiva, también a la hora de curar la gran cantidad de heridas que nuestra sociedad tiene abiertas.

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