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Un año de ternura y firmeza

Se cumple hoy el primer año de uno de los acontecimientos que más han cautivado al mundo en los últimos tiempos: la elección de Jorge Mario Bergoglio como sucesor de Benedicto XVI en la cátedra de Pedro. Desde la misma elección de su nombre como Papa, el de Francisco, no ha dejado de sorprender y de entusiasmar a católicos y no católicos por su cercanía,   libertad de espíritu y al mismo tiempo firmeza, en su tarea de llevar al mundo la alegría del Evangelio. Francisco es visto, con razón, como el párroco que todos quisieran tener y en realidad lo está siendo desde la cercanía que nos ofrecen los medios de comunicación, a los que acude con frecuencia, consciente de su importancia para la nueva evangelización.En su más reciente entrevista se definía a sí mismo como una persona normal, muy lejos de la aureola de “superman” que han construido algunos medios sensacionalistas, que le atribuyen intenciones revolucionarias para cambiar la Iglesia. Pegado a la dura realidad del mundo y animado por el fuego del Espíritu de Dios, Francisco es un misionero que quiere llevar el gozo del Evangelio al último rincón del corazón en la mano. Su deseo es ver a la Iglesia, pobre entre los pobres, como un hospital de campaña, dedicada a curar a los heridos sin preguntar de dónde son. El papa se ha propuesto la tarea de derribar el muro de la indiferencia mundana y ofrece para ello la ternura de Dios “que no se cansa de perdonar”. Como afirma monseñor Blázquez, el nuevo presidente de la Conferencia Episcopal Española, Francisco es todo un regalo de Dios a la humanidad.    

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