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Un adiós entre lágrimas de esperanza

El alba anuncia un día que no olvidaremos. Esta tarde, cuando el sol se oculte en nuestro hemisferio, Benedicto XVI habrá iniciado un nuevo camino de subida hacia un monte en el que resplandece la gloria de Dios en el silencio de la intimidad con Cristo. La vida de Joseph Ratzinger se ofrecerá libremente en beneficio de la humanidad y de la Iglesia. Las lágrimas de no pocos reflejarán el agradecimiento del corazón de los cristianos y de los hombres de buena voluntad, por ocho años de un pontificado profético.Las huellas de Benedicto XVI marcarán, sin duda, un futuro que está en manos de la Providencia. El testamento de un Papa teólogo que ha ejercido su pontificado en plena continuidad con la tradición de la Iglesia confirmada en el Concilio Vaticano II, nos deja un legado de fidelidad al  Evangelio y de finura y delicadeza humana para hacernos presentes en un mundo que vive agitado por la confusión y el temor.Benedicto XVI concluirá esta tarde su pontificado. Será un acontecimiento histórico que podrá entenderse con más claridad con los ojos de la fe y no con el cálculo mundano. Lo que no acabará es la Iglesia, que vive, ahora y siempre, en el corazón de la historia. La humana nostalgia y el afecto con el que asistiremos a las últimas palabras, a los últimos gestos de Benedicto XVI, no debe impedir que miremos al futuro con la confianza de que Cristo estará con nosotros hasta el fin de los tiempos. Así nos lo ha explicado sin descanso este gran pontífice que ya ha entrado en la historia  

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