Las esperanzas de cambio en EU, el regreso de Rusia a América Latina, la irrupción del comunismo pragmático de China y las disputas por liderazgos subregionales, el escenario donde se diseñan las nuevas coordenadas de las relaciones hemisféricas del siglo XXI.
EN LOS PRIMEROS días de este mes se celebró en San Pedro Sula, Honduras, el 39º período ordinario de sesiones de la Asamblea General de la OEA. Acosada por debilidades internas y resistencias externas, la organización se enfrentó a sí misma, también, con el tema de la suspensión del gobierno de Cuba en 1962 y su eventual reintegro de la mano vacilante del gobierno de Estados Unidos. No resultaba tarea fácil, sin duda, ya que, en nuestro criterio, eliminar una sanción que ha desempeñado un papel trascendental en la evolución de la historia de la isla, significa a la vez un reconocimiento del rol minusválido que ha tenido la OEA en las relaciones hemisféricas, gestión enormemente desbalanceada cuando se juzgan las experiencias políticas, crueles y despóticas padecidas por otras sociedades latinoamericanas, antes y después de la suspensión de Cuba.
Los anuncios parciales provenientes de las reuniones preparatorias, y bastaba con leer los titulares de decenas de noticias a lo largo de la semana previa a la reunión, resaltaban la incapacidad de los gobiernos latinoamericanos para superar una anomalía histórica en las relaciones interamericanas, abolida de hecho por la práctica de la política exterior de muchos países de la región y del resto del mundo, desde mediados de la década de 1960, que defendieron el derecho de Cuba a su modelo político y de desarrollo, independientemente de si hoy aún nos gusta o no, o si se ajusta o no a nuestra escala de valores políticos e imaginarios de sociedades perfectas.
Si bien el ambiente socio-cultural e ideológico de las décadas de la Guerra Fría explican en parte lo sucedido, no encontramos explicación, a partir de 1990, para la conservación del “aislamiento” formal del gobierno comunista y al embargo unilateral por parte de Estados Unidos, en contra del rechazo de la gran mayoría de los miembros de la comunidad internacional, que afecta, de igual forma, los intereses económicos “gringos” como a la sociedad cubana. De hecho, ha quedado demostrado, irrevocablemente, el fracaso del embargo con propósito desestabilizador y su pretensión de ahogar la revolución.
Pasados casi 20 años del fin de la Guerra Fría y 19 del fin del orden geopolítico bipolar, los restantes países del hemisferio americano siguen atrapados en lógicas excluyentes como si no hubiera cambiado nada desde aquel enero de 1959.
Cuba, siempre actual
Desde entonces, Cuba ha sido diariamente noticia y motivo de controversia generalizada. Sus dirigentes revolucionarios, nacionalistas al inicio, comunistas e internacionalistas –adicionalmente- después, han copado los imaginarios políticos latinoamericanos por décadas. Al menos dos generaciones han convivido con las figuras de Fidel Castro y Ernesto Guevara, uno vivo y otro muerto-vivo, –un rasgo de la premodernidad superviviente de las tradiciones culturales iberoamericanas- que revive de forma periódica de acuerdo con las necesidades y las condiciones sociales y políticas de la región y de la isla.
Desde mediados de la primera década del siglo XXI, la suerte de la isla y del régimen se han unido a la edad, la salud y la muerte-vida del máximo dirigente. Su alejamiento del ejercicio público y visible del poder generó una variedad enorme de especulaciones, y un jolgorio en la llamada comunidad del exilio radicada en los Estados Unidos, siendo ésta la expresión más dolorosa de una de las tragedias políticas de los cubanos de ambos lados del estrecho de La Florida: quedaron atrapados emocionalmente por el impacto de las rupturas familiares y existenciales del pasado, y unos y otros inscritos en las palpitaciones de la humanidad de Fidel Castro.
Como en cualquier otro Estado patrimonial de la región, su hermano, Raúl Castro –el hombre fuerte del régimen para muchos-, heredó el ejercicio del poder, responsabilidad que fue ratificada por la Asamblea Nacional del Poder Popular. A su alrededor, pero con diferente tonalidad, también se han generado grandes expectativas; de forma gradual, ajustes y aperturas, declaraciones, viajes, visitas y, al final, nuevos ajustes con ingredientes que fueron recibidos con sorpresa hace varios meses: los retiros del vicepresidente Carlos Lage y del canciller Felipe Pérez Roque. Este, en particular, reconocido por su entusiasmo, compromiso y vitalidad: rostro fresco y festivo de la política exterior de Cuba en manos de una generación nacida y formada en la revolución.
Y todo ello en una nueva época de esperanzas y temores: la administración demócrata de Obama en Estados Unidos, el regreso de Rusia a América Latina con Dimitri Medvédev, la irrupción del comunismo pragmático de China, las vacilaciones de la Unión Europea –atrapada por las tensiones internas entre el humanismo secular enriquecido con las experiencias jurídicas e intelectuales de las generaciones de la segunda postguerra y la identidad centenaria mercantil y corporativa transnacional- y la disputa de liderazgos subregionales entre Brasil y Venezuela. Escenario magnífico para diseñar las nuevas coordenadas de las relaciones hemisféricas del siglo XXI.
Un significado de Cuba comunista
En América Latina y Colombia, tratar temas sobre Cuba ha significado un desafío intelectual y político. Rodeada y protegida por la aureola libertaria o marcada y amenazada por la imagen de cárcel insular caribeña, Cuba nunca ha sido un asunto indiferente en la historia de las relaciones hemisféricas ni subregionales, en particular, a partir de 1959. La evaluación de políticas acertadas o equivocadas aún sigue siendo incompleta, gracias a la hegemonía de Estados Unidos en la región y al significado social y político que la experiencia cubana, como movimiento guerrillero antes de esa fecha, como modelo de Estado comunista a partir de entonces, han tenido para los restantes países latinoamericanos.
Por ello, a pesar del bloqueo que por décadas ha tratado de mantener Estados Unidos sobre la isla desde 1962, a pesar del fin del orden geopolítico bipolar en 1990 y la desaparición de su referente y apoyo fundamental en 1991 –la Unión Soviética-, Cuba sigue siendo motivo de controversia y desafío, y objeto de “culto político”: a la isla se viaja para fortalecer figuración política, para legitimar la existencia de organizaciones civiles y armadas “antioligárquicas” y “antiestadounidenses”, para defender el real o falso “progresismo” de presidentes y candidatos presidenciales.
A Cuba se va a pedir apoyo y ayuda, casi nunca a entregarla de forma efectiva, salvo en las votaciones en foros multilaterales en donde el gobierno de turno de Estados Unidos, con sus tradicionales aliados globales, se empeña en sacrificar la revolución, sin autoridad moral ni política, desde hace poco más de cuatro décadas.
Durante los últimos años, las visitas oficiales a nivel presidencial a la isla, por parte de gobiernos latinoamericanos, aumentaron, e incluso, se han sucedido de tal forma que han llamado la atención de los medios de comunicación y los analistas internacionales, como se registró entre diciembre de 2008 y comienzos de marzo de 2009. La mejor prueba del fracaso de la promoción de acciones e ideas anticastristas es exhibida, de forma regular, por la presencia tanto de América Latina como del resto del mundo en Cuba.
Aún falta mucho camino que recorrer para “reinsertar” a Cuba en América Latina, de forma abierta e institucional, y viceversa, aunque, debemos admitirlo: Cuba nunca se fue de los imaginarios políticos y culturales de los demás latinoamericanos, y los esfuerzos políticos y económicos por hacerla invisible y reafirmar su condición geográfica insular, terminaron fortaleciendo su presencia en todo el mundo.
A. Latina-Cuba, visibilidad funcional sin compromisos
La historia contemporánea de Cuba y su lugar en las relaciones internacionales a partir del inicio de la revolución comunista en enero de 1959, se han convertido en un tema obligado en los estudios académicos, debates políticos y diplomáticos y apreciaciones geoestratégicas.
La imagen de una isla, cerca geográficamente pero lejos política y económicamente de los Estados Unidos de América, y con la misma consideración pero en sentido inverso para su relación con Rusia –ya como parte de la Unión Soviética o como Federación Rusa-, ha cautivado por dos generaciones a ciudadanos, observadores y diseñadores de políticas exteriores de todo el mundo.
Frente a la experiencia de Cuba y de sus figuras revolucionarias más emblemáticas, a manera de “íconos” de la cultura popular planetaria, como Fidel Castro y Ernesto Guevara, casi nadie puede mostrarse indiferente, y menos los ciudadanos del anterior “Tercer Mundo”, ya sea a favor o en contra. Salvo algunos casos nacionales, los países del hemisferio americano –por supuesto con la excepción de Estados Unidos-, han mantenido relaciones abiertas y fluidas con el gobierno cubano, incluso a pesar del componente de su política exterior que apoyaba las insurgencias comunistas latinoamericanas durante las décadas de la guerra fría.
En términos de política doméstica, sus dirigentes consideraban casi como un deber aparecer en fotografías y filmaciones periodísticas al lado de Fidel Castro; en los discursos públicos, ya fuera durante algunas fases de sus campañas electorales, ya fuera como miembros de la oposición política o como presidentes en ejercicio -y en apuros-, la referencia a la revolución cubana y a su figura política más reconocida jugaron un papel efectista en las controversias y disputas internas.
En algunos momentos, colocarse del lado de Cuba estaba de moda o permitía juzgar al dirigente y sector social en cuestión como “progresista”, y en consecuencia, se esperaba obtener beneficios electorales del asunto. Otros Jefes de Estado consideraban que establecer o romper relaciones con el gobierno de la isla permitía inscribirse en campos de la política y alianzas que neutralizaran el accionar de agrupaciones armadas de izquierda en sus respectivos países, o sumarse a las “cruzadas laicas” contra el comunismo internacional. Y, como siempre, obtener réditos electorales y políticos domésticos.
Tampoco debemos olvidar la fascinación periodística que provocaba la previsible o real participación del dirigente cubano en las reuniones de Jefes de Estado latinoamericanos, de carácter subregional, o en las Cumbres Iberoamericanas, o cuando se anunciaba una visita oficial de Fidel Castro a alguno de los países de la región. Enorme expectativa, seducción mediática, afán de obtener una fotografía especial o de una declaración sobre lo divino y lo humano. ¿Cuál otro dirigente del hemisferio podía despertar tal cúmulo de emociones e ideas encontradas y polarizadas? No existió en su tiempo, no existe hoy.
Existencia garantizada
Al final de cuentas, Cuba comunista siguió existiendo, los ciudadanos latinoamericanos continuaron viajando a la isla a encuentros académicos y políticos –además de disfrutar de su espléndida naturaleza como turistas-, los dirigentes guerrilleros latinoamericanos hicieron lo propio –al lado de miles de revolucionarios y dirigentes de partidos políticos de Europa y del anterior Tercer Mundo-, y los gobiernos, con notorias distinciones, conservaron sus relaciones con el gobierno de Fidel Castro.
Desde esta perspectiva, consideramos que el juego político latinoamericano fue inmoral con la sociedad cubana; muchos de esos dirigentes jamás patrocinarían una revolución comunista en sus países; muchos de sus gobiernos conocieron desafíos insurgentes inflamados por el ejemplo guevarista y la difusión del modelo revolucionario castrista, y los combatieron decididamente, a pesar de su incapacidad para llegar al poder por la lucha armada; en dicho juego, resultaba más importante la Cuba anti-estadounidense que la Cuba comunista y pro-soviética.
Quizás los Estados Unidos lo han tenido siempre claro, a pesar de las declaraciones que por lustros han pretendido mostrar una armonía entre los gobiernos del Norte y del Sur en nuestro hemisferio al respecto: que las élites latinoamericanas también tienen con su país la misma relación de amor-odio / aceptación-rechazo que tienen y sienten por Cuba. Estar cerca o lejos de este país, hacerlo más o menos visible, se convirtió en un juego de mensajes políticos hacia los Estados Unidos, cuyo impacto, de igual forma, fue desigual en su efectividad o quedó registrado como una declaración simbólica de falsas independencias y autonomías en las relaciones de poder hemisféricas y globales.
Estar cerca o lejos de Cuba ha sido un asunto de conveniencias accidentales y coyunturales, frente a las cuales, el gobierno de la isla ha sabido adaptarse y sacar, de igual forma, el mejor provecho para su visibilidad y movilidad internacionales, garantías de su seguridad y continuidad.
Precio político para la OEA
Y llegó el momento para la OEA de enfrentar su destino político. Con innumerables testimonios de la falacia de los efectos prácticos de la Resolución VI del 31 de enero de 1962, los cancilleres y sus delegaciones respectivas no pudieron enfrentar su pasado; frente a las evidencias de la internacionalización de Cuba, han ofrecido el penoso espectáculo de debates y desacuerdos sobre lo simbólico, como reliquia de la guerra fría. ¿A qué se enfrentaba la OEA? Sencillamente a la reinserción de Cuba, desde mediados de la década de 1990, a la comunidad interamericana, por fuera y sin “permiso” de la organización en cuestión.
Veamos: Cuba ingresó al Grupo de Río el 17 de diciembre pasado, al tiempo que asistía a la primera Cumbre de América Latina y el Caribe, en Brasil.
Mercosur ha expresado, en varias oportunidades, su interés por desarrollar vínculos institucionales con la isla. A finales de enero pasado, en Davos, surgió una de las declaraciones menos esperadas en el evento insigne del capitalismo transnacional, el Foro Económico Mundial: Cuba estaba invitada a participar en sus futuros eventos regionales. Un enviado especial del presidente francés visitó la isla, Jack Lang, y el Comisario Michel, de la Unión Europea, también estuvo en Cuba para hablar de cooperación.
Cuba ha ejercido durante los últimos tres años la Presidencia del Movimiento de Países No Alineados. Mantiene una agenda activa con los miembros de Caricom y de la AEC, que este año preside Colombia. Están anunciadas, hace varios meses, las próximas visitas, sin calendario concreto aún, de los presidentes de México y Francia, al tiempo que el de Paraguay, Fernando Lugo, tal y como lo había anunciado, viajó en visita oficial a mediados de esta semana que termina.
El presidente Arias de Costa Rica anunció que restablecerá relaciones con el gobierno de la isla y el nuevo presidente de El Salvador, Mauricio Funes, después de su posesión el 1 de junio pasado, reestableció relaciones con el gobierno de La Habana. Semanalmente, Cuba es visitada por delegaciones oficiales de todo el mundo, para concretar, en mesas de trabajo, la convicción cubana de cooperación para el desarrollo.
¿Necesita Cuba a la OEA? Lastimosamente para esta organización, no! Un eventual reintegro de Cuba sería más una victoria moral y política para la sociedad isleña -ideal para su 50 aniversario revolucionario- que una necesidad para su supervivencia como modelo político y económico.
El mundo está en Cuba y Cuba sigue siendo internacional, a pesar de todo. Quizás lo que debería hacer el presidente Obama, a través de su embajador ante la OEA, y siguiendo sus declaraciones a favor de normalizar las relaciones, es anunciar su próxima visita a La Habana, o invitar a Raúl a Washington; aún se tiene la impresión que los dirigentes latinoamericanos, finalmente, se sintieron autorizados para “imponer” este reconocimiento simbólico y tardío, aunque, en nuestro parecer, no logrará la anhelada revitalización de la OEA.
Y aunque el camino que debemos recorrer es muy largo todavía, todo parece indicar que Cuba logró lo que deseaba, mientras los demás dirigentes latinoamericanos, como siempre, tendrán que mirarse entre sí para explicar este nuevo fracaso en la OEA. ¿Qué creyeron los participantes en su 39ª reunión? La agenda, pública y privada es entre Cuba y Estados Unidos: América Latina fue un avergonzado testigo.
*Asesor del Instituto de Estudios Geoestratégicos y Asuntos Políticos de la Universidad Militar Nueva Granada. Licenciado en Filosofía y Letras con Especialización en Historia. Especialista Honoris Causa en Geopolítica. Estudios de Doctorado en Historia.