Martes, 09 febrero 2010
Actualizado a las 18:22h
CRISIS EN HONDURAS
Pongo como epígrafe de este texto el artículo 239 de la Constitución de la República de Honduras: ARTICULO 239.- “El ciudadano que haya desempeñado la titularidad del Poder Ejecutivo no podrá ser Presidente o Designado. El que quebrante esta disposición o proponga su reforma, así como aquellos que lo apoyen directa o indirectamente, cesarán de inmediato en el desempeño de sus respectivos cargos, y quedarán inhabilitados por diez años para el ejercicio de toda función pública.”
Xavier Reyes Matheus - 01-07-09
La Historia nunca es una película de buenos y malos.
Cumbre del ALBA. A la izquierda, el depuesto mandatario de Honduras Manuel Zelaya (Foto de Archivo).
La pregunta que se impone, y de la que podría derivarse toda una doctrina, es si el hecho de haber sido elegido por la vía democrática permite a un presidente saltarse la Constitución. La comunidad internacional no se ha detenido a pensarlo y ha contestado de manera unánime: sí. Ello, porque el desconocimiento de la autoridad, incluso cuando ésta colisiona con disposiciones constitucionales, es siempre sospechoso de ser un golpe de Estado.
Pero lo cierto es que los golpes de Estado suelen caracterizarse por dos cosas: porque son ilegítimos, lo primero, y porque su acción no se detiene ante los derechos humanos. Miremos el caso de Honduras. En lo que toca a la legitimidad, se tiene por hecho probado que los militares actuaron bajo las órdenes del Congreso y de la Corte Suprema. Por lo relativo a los derechos humanos, se ha denunciado que el arresto del presidente se hizo con las pistolas desenfundadas; pero total es que ahí está Zelaya, vivo y entero, para recurrir a las instancias internacionales que quiera y para buscar el modo de volver al poder.
Por otra parte, hasta la fecha en Honduras no ha corrido la sangre. Pero correrá, porque Chávez ya ha activado sus grupos de choque —como hizo hace semanas en Perú, so color de indigenismo—, y buscará, mediante la violencia, la forma de que el nuevo gobierno adopte medidas represivas y de censura, y se exceda en la fuerza. Es decir: que haga lo mismo que hace él en Venezuela todos los días, sin que nadie se escandalice por eso. Micheletti sin embargo será reo de genocidio y se sentará, en el banquillo de la historia, junto a aquel nazi devorador de corazones vivos que se llamó…Pedro Carmona Estanga.
En momentos como éste, sin embargo, es cuando se prueba la estatura política y moral de los líderes. Porque si Micheletti se metió en semejante fregado por defender la constitucionalidad de su país, debe saber que más le valdría dejarse descuartizar por las hordas chavistas que convertirse en un dictador. Debe recurrir a la información y no a los fusiles para desenmascarar a sus enemigos. Y el día que lo sienten ante un tribunal para dar cuenta de su conducta (algo que, según parece, será de un momento a otro), debe evitar hacer lo que Carmona, que se limitó a contestar, como el Lamparilla de la zarzuela, “yo nada vi, yo nada oí, yo ni escribí, ni conspiré, ¿qué hago yo aquí?”. No. Es necesario que el hondureño arrostre su responsabilidad política y, siquiera por salvar el principio fundamental de la democracia que Vaclav Hável ha llamado “vivir en la verdad”, sostenga sus argumentos con la Constitución en la mano.
Porque todo conduce a pensar que este sentido de la veracidad inseparable de los valores democráticos va a quedar tocado de muerte en unas pocas horas, y que será la moral chavista la que asiente su reino sobre América Latina. Así, por ejemplo, el secretario general de la OEA ha negado a los hechos el beneficio de la duda porque le parecen un “retroceso al pasado”; pero en cambio la recidiva de la dictadura cubana en varios países de la región no debe de parecerle lo mismo. Claro: es socialismo “del siglo XXI”.
Dicen que, estando en el lecho de muerte, Juliano el Apóstata tuvo que reconocer el triunfo de la religión a la que tanto había perseguido, y que dirigiéndose a Cristo exclamó, amargamente: “¡Venciste Galileo!”. Eran aquellos tiempos en los que todavía prevalecía el bien, a lo que parece. Hoy, en cambio, la democracia agonizante de América Latina, que ha resistido durante cincuenta años los embates del genio más maligno que el continente ha producido en mucho tiempo, tiene que admitir, también impotente: “¡Venciste, Fidel!”.
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