España ha necesitado que Francia y Estados Unidos encontraran, con Marruecos, una salida al caso de la activista saharaui Aminatu Haidar. A medida en que se van conociendo nuevos detalles sobre las negociaciones que permitieron su regreso a casa, más en evidencia queda la irrelevancia internacional del Gobierno español. Rodríguez Zapatero se ha visto obligado a pedir un nuevo favor y a asumir una deuda, que ya han empezado a pagar los agricultores españoles, los grandes perjudicados del recién firmado acuerdo entre la Comisión Europea y Marruecos. En lo que respecta al futuro del Sahara Occidental, nunca estuvo España a la altura de su responsabilidad histórica como antigua potencia colonial, pero este último incidente erosiona aún más la credibilidad de nuestra diplomacia.
No obstante, los activistas saharauis que celebran como un triunfo el regreso de Haidar a El Aiún, deberían sopesar que la solución autonomista propuesta por Marruecos, y apoyada por Francia y Estados Unidos, sale fortalecida de este lance. Aminatu Haidar tenía buenos motivos para su lucha, pero eligió unos medios equivocados y contraproducentes. Su triunfo, en último término, consiste en haber puesto contra las cuerdas al Gobierno español, tras movilizar a los artistas del círculo del Presidente y haberse ganado la simpatía de la opinión pública española. Pero mientras los focos se centraban en este conflicto sin sentido, en el que el Gobierno español se metió sólo por agradar a Marruecos, las negociaciones reales tenían lugar en París y Washington.