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Dos orejas para Ventura en la última del Pilar

Por los pelos

Zaragoza, domingo 18 de octubre de 2009. Lleno. 11º festejo del Pilar. 6 toros de Fermín Bohórquez, bien presentados, desmochados, de juego desigual. Sobresalió el primero, y casi cumplieron bien segundo y cuarto. Andy Cartagena, silencio y oreja. Álvaro Montes, vuelta por su cuenta y saludos por su cuenta. Diego Ventura, oreja y oreja.

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Rafael Cabrera - 18-10-09

A punto ha estado Diego Ventura de salir a hombros de la plaza de La Misericordia zaragozana. Una oreja caería en ese último, en el que había realizado una buena labor, pero al que le falló con el rejón de muerte. Una pasada con el brazo armado pero sin clavar, dos pinchazos, y por fin el necesario rejón hasta el astil que dio con el toro en el suelo, mientras el caballero se adornaba a pie en la cara del mismo. Si hubiese acertado a clavar ese último en primer lugar probablemente la petición del segundo trofeo hubiese sido mayoritaria y por un aquel el presidente quizá le hubiera concedido el necesario segundo trofeo para abrir la puerta grande. Tras de las dos orejas cortadas Diego se perfila como el triunfador a la postre de esta Feria Pilarica, aunque no entre los premios por no tratarse de toreo a pie, pero, en definitiva, es el único que ha sido capaz de cortar dos orejas en un mismo festejo todo a lo largo de estos once días. La corrida de Fermín Bohórquez, bien presentada aunque con el pero de un afeitado muchas veces excesivo –esto no es el despuntado que afirma el reglamento-, ha dado de todo. Toros como el primero, de buen juego, con movilidad; o como el segundo que también llegaría a cumplir, aunque sin aquella mostrada por su hermano de camada, viniéndose a menos al final, o quizá el cuarto, que cumplió bastante bien salvo en el tramo final de su lidia. Pero junto a ellos los hubo mansos y rajados, como el tercero –faena, por tanto meritoria la del portugués, para haberle cortado esa oreja-, el quinto, o el sexto más irregular en su comportamiento, a veces siguiendo al caballo, otras desentendiéndose de él, y al final bastante parado.

Andy Cartagena abría la terna y lo hizo a lomos de Bético para poner dos rejones de castigo, arriba, pero clavando a la grupa, con toque del caballo (hoy ha habido bastantes) aunque luego lo llevase con temple a la misma. El toro se llamaba Fragoso y pesó sus buenos 606 kilos, de capa negra bragada. Cambió a Magno para seguir toreándolo, encelado, quebrándole el viaje a la grupa y luego dejando sendas banderillas a la grupa, cuando salía de la suerte. Hubo nuevo toque equino, aunque por momentos lo llevó pegado y se lo sacó a medios bastante bien. Con Cisne pondría otras dos más al quiebro, pasado, y una citando bastante en corto, buena, al estribo. Dio una pirueta en la cara del toro, aunque hubo distancias excesivas en otros adornos. Lo mató a lomos de Bisbal, tras clavar unas cortas y adornarse con el teléfono, pero de un rejón bastante bajo y contrario, a grupas, que provocó un derrame en el toro. Cortaría una oreja de Tendero que así se llamaba el de Bohórquez, un toro negro de 596 kilos de peso. Empezaría montando a Cuco, con el cual lo pararía en corto, dándole un buen recorte en la cara y pasándose en algunas galopadas a continuación. Tras pasar en falso, clavando en el aire, pondría un rejón caído, pasado, adornándose con dos pasadas por los pechos del caballo pero sin apreturas. Maravilla salió a continuación y con él daría tres piruetas lejanas y una en la cara –la que valía- poniendo tres banderillas aceptables, entre las que siguió dando piruetas, ahora mucho más ajustadas a la cara del toro. Luego luciría a Pericalvo, con el que enceló la embestida del toro, pasándolo por los adentros en terreno comprometido, haciéndolo bailar a la hora del cite y clavando dos banderillas arriba, algo a caballo pasado, con un toque de la montura. Y por último, a lomos de Bisbal, tras fallar con una de las cortas, pondría tres al violín, muy tumbado sobre el caballo por la lejanía de la res, y tras una pasada sin clavar el de muerte, dejó uno entero, arriba, atravesado que bastó para esa petición de trofeo y su concesión.

Álvaro Montes paro a su primero con la garrocha, aunque con excesivas carreras. Se llamaba Invasor, de 515 kilos, negro bragado y meano. Lo había hecho con Latino, con el que clavaría dos rejones uno bajo y otro algo mejor, pero trasero. Con su caballo Chambao, tras citar con un tierra a tierra, con salto incluido, dejó una banderilla al sesgo, a toda velocidad, otra en el suelo y otra como la primera, dando alguna pirueta entre tanto, una de ellas en la cara. Saldría después el Sol, en forma ecuestre, con el que dejaría dos garapullos al violín, bien, realizando distintos ejercicios en la distancia con el toro ya algo parado. Y por último montado en Manzanares, fallaría con las rosas, y tras pasar en falso alguna vez, pincharía dos veces antes de dejar un rejón perpendicular, arriba, sin romper, y ya pie a tierra lo remató al segundo descabello. Vuelta por su cuenta, tras de salir a saludar reglamentariamente al presidente y escuchar unos aplausos por ello. El quinto se llamaba Ondito, de 510 kilos, negro listón –vaya manera de hacer los lotes-. Montó primero a Cuzco, con el que lo paró en corto, aceptablemente, para clavar luego dos rejones de castigo a la grupa, mientras el toro se dolía y tenía poca codicia. Con Chambao de nuevo y el toro paradito, pondría dos banderillas, en su sitio, pero a la grupa, y con Coquito dos de las largas al violín y tres de las cortas, las primeras con velocidad, al cuarteo, y las segundas pasado. Y sobre Manzanares lo mataría de un rejón atravesado, arriba, sin profundizar, y otro aun más atravesado pero más hondo, con el que tuvo que volver a echar pie a tierra para descabellarlo al segundo intento. Silencio y la misma historia: sale a saludar por su cuenta, sin palmas, y vienen luego unos aplausos que agradece. Así hasta yo mismo doy vueltas al ruedo.

Lo más torero vino a cargo de Ventura. Su primero fue un toro manso y rajado de nombre Orador, con 656 kilos –el más grande de toda la feria-, negro bragado. Saldría primero con Maletilla, parándolo con tres recortes en un palmo de terreno, clavando dos rejones en los rubios, bien, el segundo con quiebro algo lejano. El toro ya se había rajado. Con Nazarí puso banderillas al quiebro, desiguales y a lomos de Gines –que bailó lo suyo en los cites- una buena al cuarteo en poco espacio y otra más pasada, pero también en poco terreno. Luego sacó a Califa para dejar unas cortas con poca continuidad –el toro seguía rajándose-, con toque ecuestre, adornándose con la mano sobre el testuz y un rejón de muerte al estribo, por arriba. Oreja de mérito dada la condición del toro. El último toro se llamó Novelero, de 588 kilos, negro bragado, parándolo con Girasol, en corto, y dejando un único rejón de castigo trasero y contrario, clavado al estribo, tras del cual se rajó el bicho. Con Orobroy, bien templado el toro a la grupa y pasándolo por los adentros en terreno imposible, pondría dos rehiletes al quiebro, muy ajustados, un poco caídos, y con leve toque de la montura. Y salió Distinto para ver cómo se puede dejar llegar al toro hasta terrenos inverosímiles, y salir limpiamente tras un quiebro cortísimo. Lástima que al final le tocara al caballo, y no sé si algo más. Completaría la faena con Califa, poniendo tres cortas en una perra chica, en las péndolas, tocándole el testuz e incluso apoyando su cabeza sobre el mismo y matándolo, tras pasar sin clavar, de dos pinchazos y uno entero, arriba, que de haber caído en primera instancia le habría conseguido el premio gordo. ¡Lástima!

Por cierto, el número musical de acompañamiento pianístico a cargo de Felipe Campuzano, resultó pesado, poco alegre y por momentos fue pitado. La banda, sin embargo, bien como siempre. Déjense de experimentos o resérvenlos para plazas turísticas.

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